martes, 16 de enero de 2018

La Televisión. Láminas De Rayos Catódicos

Hace cinco años, yo era un bloguero novato y lleno de entusiasco que, cada dos o tres días, encontraba un pretexto para hacer una apasionada deposición en la red internáutica, con la infundada esperanza de encontrar algún alma gemela despistada que me leyera, me comentara, me diera ánimos o, yo qué sé que cojones esperaba, pero la cruda realidad se impuso y, ahora, casi me alegro de no poder asumir esta tarea.

Cuando publicaba a ese ritmo disparatado departiendo, sobre todo conmigo mismo, de todo lo humano y lo divino, siempre desde un enfoque superficial muy riguroso, me encontraba a menudo sin ideas para una nueva entrada, no como ahora, que me encuentro sin ideas a secas. Uno de mis lectores habituales de entonces, el bajito, no, el otro, me decía:


-Se nota cuando no se te ocurre nada, entonces vas y publicas una entrada de láminas.


Pues así, es amigos, hoy copio de mi entrañable enciclopedia dos láminas, encaminadas a explicar al profano los entresijos técnicos de la televisión. De la televisión de hace medio siglo.


La televisión molaba más cuando era en blanco y negro y había dos cadenas: entonces todos nos tragábamos buena parte de la programación de la 1. Y algunos excéntricos veían la segunda cadena, que entonces se llamaba el UHF, que me cocinen los demonios del infierno si supe nunca el significado de esas siglas. Mientras vivió el Caudillo de los Ejércitos de la Guerra de Liberación Nacional no permitió que hubiera más oferta, en lo que hoy me parece uno de los pocos rasgos acertados de su siniestra férula: como todos veíamos la misma programación, al día siguiente habia tema de conversación en el trabajo, en el instituto, en el vecindario, o donde fuera la tertulia:


-¿Visteis ayer "Misión Imposible"? ¿Cuando rescatan a la chica? Yo pensé que esta vez no iban a poder escapar.


-Pedazo de zoquete, si sabes que va a acabar bien, sabes que, por supuesto se van a escapar; esta semana, la que viene y todas, ¿no ves que los malos son tan tontos que barren las escaleras hacia arriba?


Qué tiempos aquellos en los que los malos eran tontos, Locomotoro te hacía reir todas las tardes, el hombre de los pájaros sabía todas las respuestas y los Thunderbirds se escogían siempre con buen criterio, para la misión propuesta en cada episodio.



Todos, menos cuatro "progres" ceñudos y contraculturales que la llamaban "la caja tonta", nos nutríamos de la televisión, era nuestra ventana al mundo y, cuando fue en color, ya fue el acabose, el Aleph, la moderna revelación de los  mundos de Yupi... En aquella edad de la inocencia, todavía no se estilaba la palabra telebasura.


Recuerdo la primera vez que vi la televisión en color, cuyo fundamento técnico explican mis obsoletas láminas. Fue en Francia, donde estaban exiliados mis abuelos paternos y donde nos llevaban una ventaja de diez años en lo tecnológico y doscientos en lo demás: me quedé estupefacto, qué bonitos y limpios eran los colores, aquello era el invento del siglo.


Pero ya estamos en otro siglo y la televisión sólo la vemos los viejos y no todos. Confieso con toda sinceridad que, desde que me tomé las uvas en Nochevieja y vi el revival entre setentero y ochentero de la 2, no he vuelto a ver ningún programa más. Si entraran unos cacos en casa y se llevaran el aparato, no me daría cuenta por lo menos hasta el primer partido de Champions que den en abierto...



No puedo terminar sin mencionar que, algunos jóvenes, no saben o no recuerdan que un televisor era antes una caja culona, con un tubo combado donde unos revoltosos electrones hacían de las suyas rebotando tras la pantalla y formando, mediante luminosos destellos, el egregio rostro de don Alejandro Rodríguez de Valcárcel, olvidado Presidente de las Cortes Españolas. Ah, y el trasto en cuestión, costaba el sueldo de cuatro meses, había que comprarlo a plazos.

viernes, 12 de enero de 2018

Progreso: 10 Razones Para Mirar El Futuro Con Optimismo - Johan Norberg

“Escribir un libro con un mensaje positivo sobre el mundo supone predicar algo distinto a lo que la mayoría quisiera escuchar.”

Estas palabras son de Johan Norberg (n. 1973), un joven, animoso y  polémico escritor sueco, ensayista del que yo ignoraba absolutamente todo.


Y adquirí y leí este libro por varios motivos: la recomendación del suplemento “El Cultural” (del diario “El Mundo”), que suelo hojear los viernes y rara vez me defrauda; mi incurable afición a los ensayos divulgativos, con la que siempre aspiro a paliar mis lagunas formativas sin, loado sea dios, acabar de conseguirlo nunca, y los razonables precios de los libros en formato ebook (que pienso que aún podrían reducirse pues, ¿donde están los costes de producción?) por no hablar de la fácil y rápida disponibilidad de los títulos, además ahora casi todo se publica también en este formato, el único que puedo leer ya, pues me permite poner el tipo de letra del tamaño de una cucaracha y así, pese a mi defectuosa visión, aún me es permitida la lectura.



Johan Norberg

El caso es que el libro me ha sorprendido por su coherencia, su sencillez, su anunciado optimismo y, sobre todo, su preciso y sorprendente cierre, con un Epílogo que me ha parecido de una extrema perspicacia. Tengo que decir que no me fío en exceso de las proposiciones neoliberales en economía y política, pero sinceramente a este libro no he sido capaz de verle el truco: lejos de las insinceras y manidas perspectivas y consideraciones de los neocon y los neocom, aquí me parece que se hace un ejercicio de interpretación de lo social en el mundo globalizado, optimista sí, pero mucho más honesta de la que acostumbro a encontrar por ahí en gacetilleros tendenciosos, activistas de escenario, mercaderes del miedo y cenizos profesionales.


Recuerdo que se trata de un ensayo sencillito, nada denso, muy bien documentado a nivel de estadísticas, gráficos y notas y, que en el cada vez más improbable supuesto de que creas en una realidad objetiva, sobre la que es posible alcanzar algún grado de conocimientos contrastables, no te va a dejar del todo indiferente, siempre y cuando te atraiga la temática del estado de las necesidades más comunes en el mundo en el que vives.



Portada español

El libro se estructura en 10 capítulos no demasiado extensos, consagrados cada uno de ellos a un tema clave en las preocupaciones de la sociedad actual (¡y pretérita!): 1.Alimentación, 2.Saneamiento, 3.Esperanza de vida, 4.Pobreza, 5.Violencia, 6.Medio Ambiente, 7.Alfabetización, 8.Libertad, 9.Igualdad y 10.La próxima generación, seguidos de un brillante y lúcido epílogo que me ha parecido lo mejor del ensayo.


Todos los capítulos tienen una tesis similar: estamos mejor que hace 20 años, mucho mejor que hace 50 e incomparablemente mejor que hace 200, en todos los indicadores relevantes para la especie humana y considerando el mundo en su conjunto. Abunda en consideraciones históricas, investigaciones de carácter empírico y datos pertinentes y termina cada tema desgranando los logros de la situación actual, los problemas pendientes y los peligros de reversibilidad del progreso alcanzado hasta la fecha. Establece una y otra vez que los mayores tesoros son el conocimiento y la cooperación, y masajea tus neuronas con buenas noticias, sin parecer nunca empalagoso. Mejor que un libro de autoayuda.



Portada inglés

Sorprendente y hasta chocante, con los cánones culturales en vigor, es su punto de vista, rabiosamente liberal en lo político y en lo económico, con una consideración muy positiva de la globalización, enamorado de la innovación y del progreso tecnológico y carente de tentaciones visibles de dogmatismo salvamentista.


Como para muestra basta un botón, te pongo un fragmento que me ha parecido muy conmovedor, acerca de dos investigadores sociales que visitaron la India en dos ocasiones, separadas por un lapso de veinte años:


 “Cuando visitaron la localidad de Sajani por primera vez, Berg y Karlsson conocieron a Sattos, una niña de doce años que trabajaba largas horas en el hogar y en el campo cuidando animales. Por aquel entonces tomaron una foto de sus manos, ya arrugadas y gastadas, prematuramente envejecidas por años de trabajo duro. Cuando Berg y Karlsson regresaron a visitar a la siguiente generación, tomaron una fotografía de las manos de su hija de trece años, Seema. Ambas tenían prácticamente la misma edad cuando fueron inmortalizadas, pero sus manos no podían ser más distintas. Las de Seema eran suaves y juveniles, como correspondía con la historia de una niña que sí pudo estudiar y jugar. La miseria no le robó su niñez y, por tanto, su preparación para la vida adulta había sido muy distinta. Y la diferencia entre ambas imágenes representa el cambio que ha vivido el mundo en las últimas décadas. Porque Seema no es un caso aislado. Hay cientos de millones de niños y niñas como ella. Han recibido más educación y vivirán vidas más largas que nunca, gozando además de mayor libertad. Poco a poco, están dando sus primeros pasos en este nuevo mundo. Y nuestro futuro está ahora en sus manos.”



Óleo 1 Víctor Landa

Y ahora, como contrapunto, un texto que te reto a que adivines su procedencia. Como no va a ser así, la pondré en los comentarios dentro de una semana:


“Corren malos tiempos y el mundo se está volviendo viejo y malvado. La política es cada vez más corrupta. Los niños ya no son respetuosos con sus padres.”



Óleo 2 Víctor Landa

viernes, 5 de enero de 2018

Crónicas De Un Pueblo 3. Cabalgata De Reyes En Gurguzcullar Del Purejón

La comunidad del municipio virtual de Gurguzcullar del Purejón parece vivir sumida en un permanente enfrentamiento. El grado de consenso entre el vecindario de la red municipal es tan bajo que estamos perdiendo población a pasos agigantados. Muchos internautas se han censado en los vecinos municipios digitales de Grantajada y Cebollón en busca de mayor tranquilidad, porque en el nuestro salimos a polémica diaria. La cabalgata de Reyes, sin ir más lejos, ha sido este año motivo de una disparidad de criterios que ha derivado en reyerta internáutica. 

Era costumbre entre los usuarios con hijos pequeños, favorecer la publicación de una galería anual donde la secuencia fotográfica plasmaba a Melchor, Gaspar y Baltasar llegando con pompa y boato a Gurguzcullar, acompañados de sus cabalgaduras y pajes, portadores de varios gigabytes de regalos para los niños: videojuegos, películas de Pixar, canciones infantiles de reggaeton para los más calentorrillos, mandalas y dibujos para colorear... cosas así.


Hace ya unas cuantas temporadas que el aspecto reivindicativo y las apetencias por dotar de visibilidad a diversos colectivos han irrumpido en escena, tildándose la tradicional movida con camellos, reyes y pajes de constituir una comitiva retrógrada, trasnochada, casposa, carpetovetónica y facha.


Por supuesto, los tiempos evolucionan y la conciencia machista y patriarcal que puso en marcha esta ridícula y rimbombante parada, fue denunciada por el colectivo feminista en su artículo “Los tres Reyes Machos”. Así que se puso en marcha el cambio y, como es sabido, hace dos años, Melchora, Gaspara y Baltasara se pasearon en sus  airosos ponis. 



El año pasado, los Reyes de Oriente, fueron sustituidos por tres presidentes de Repúblicas Islámicas, para poner de relieve el imparable descrédito de la monarquía y la necesaria multiculturalidad de cualquier celebración no imperialista.

Este año, sin embargo, no ha sido  posible el acuerdo y cada una de las agrupaciones enfrentadas  ha decidido celebrar su propia cabalgata:


1.El colectivo antirracista ha puesto en marcha la suya, con los reyes blancos vetados: un esquimal y un indigena de la Amazonia han acompañado a Baltasar en su ronda vespertina de música étnica y regalos artesanales.


2.El comité antirrepresivo por la integración de todas las preferencias sexuales ha dotado a su cabalgata de la presencia de un exhibicionista (de descomunales atributos, por cierto), un necrófilo que aportaba un cadáver con el consentimiento de los deudos del finado y una dominatrix sadomasoquista vestida de cuero negro con tachuelas y provista de un látigo despellejador de siete colas.



3.Los de la asociación para la defensa de las tradiciones del occidente cristiano, montaban en tres alazanes blancos con sus impolutos uniformes del Ku klux klan de inmaculado Tergal y su llameante cruz en la que se leía “Powered by Repsol”.


4.Y, por último, los representantes de los partidos animalistas, para desagraviar a los otrora esclavizados mamíferos, cargaban en sus lomos unos orondos camellos de pelo tan brillante y sedoso que parecían gigantescos peluches, eso sí, dotados de la facultad de derramar ecológicas bostas (utilizables como calefacción no contaminante para niños desfavorecidos) y recibiendo, por tal motivo, el nombre de Cagalgata.


Cuatro cabalgatas, ¡cuatro! ¡Qué despilfarro! Pero, claro, tienen que estar representadas todas las sensibilidades contestatarias, ¿verdad?


domingo, 31 de diciembre de 2017

Feliz 2018

Sin escatimar recursos, la redacción de este blog ha mandado a su más afamado reportero gráfico a las mismísimas puertas del infierno, para obtener una imagen con la que deseamos felicitar el año que se avecina al suscriptor, al visitante y al simpatizante, a los tres; añadiendo, sin excesiva malicia, connotaciones de una sugerencia poco tranquilizadora: 2018 podría ser peor todavía que 2017.

Así que para que esto no ocurra, proponemos fruncir el ceño, tensar el cuello, contraer abdominales, apretar las nalgas y, en un esfuerzo combinado, gastrointestinal y respiratorio a un tiempo, vamos a apretar muy muy fuerte para rescatar el año entrante de los funestos presagios que lo envuelven y acompañan.



Tras relajarnos del intenso empujón, ya podemos consagrarnos a lo que hemos venido: Feliz 2018, que algunos de nuestros deseos se cumplan, que algunos de nuestros temores se soslayen y que haya un resto de esperanza en el fondo de la caja de Pandora.

jueves, 28 de diciembre de 2017

El Día De Los Inocentes

El abogado de oficio que me habían asignado parecía sinceramente perplejo.

 -Pero, hombre de Dios, ¿en qué estaba usted pensando? ¿Lo suyo es locura o estupidez? ¿Acaso estaba proyectando colgar un vídeo en Youtube para que sus amigos vieran lo memo que es, o estaba buscando que alguien le diera dos hostias?


 Me sorprendió que, pese a mi edad, no mucho más allá de la veintena y sin tomar en consideración mis pintas de retrasado, todos los que me conocen dicen unánimes “este chico parece un retrasado”, bueno, pues que el abogado cincuentón me tratara de usted y, aunque yo veía en su mirada una cierta conmiseración, no me apeó el tratamiento en los veinte minutos que estuvimos largando de lo mío.


El caso es que yo soy un enamorado, o más bien un fanático, del Día De Los Inocentes y de la más clásica de las inocentadas, el monigote de papel de periódico de toda la vida. Durante todo el día de ayer, estuve recortando periódicos: primero los doblo con un primoroso cuidado en forma de acordeón, para recortar de una sola vez tres o cuatro muñequitos totalmente simétricos. Luego les pongo una tira de celo en la cabeza, la doblo sobre sí misma para que no se ande pegando donde no debe y ya los tengo preparados; para mayor disimulo, los acabo ordenando en una carpeta.



Hoy por la mañana, como cada 28 de diciembre, salgo de casa con la carpeta en la mano, veo a un señor despistado y me hago el despistado yo también, saco el primer monigote como si fuera un documento que quisiera mirar, deshago la doblez del celo y paf, se lo planto disimuladamente en el gabán. Luego coloco dos o tres más a unos caballeros que están fumando en una terraza, me subo al 28 y allí endoso tres o cuatro más a algunos viajeros que van agarrados mirando al techo. Me bajo y, con el sigilo que me da la experiencia de años y años de trabajar la misma inocentada, me deshago de todos los muñecos menos uno, y es entonces cuando caigo en un detalle que me inquieta sobremanera: todas las víctimas de la sempiterna broma han sido varones, esta mañana y siempre. Toda la vida inocentes sólo del sexo masculino, desde que empecé a los siete años a colgar el papelito en las espaldas de mis compañeros. Esto me perturba, porque no sé si obro de esta manera por caballerosidad o por machismo. 


Así que, a bote pronto, decido endosarle el último a una fémina. Por la avenida hacia la plaza Aragón va una que me parece idónea, camina hablando por el móvil en voz más alta de lo normal y gesticulando un poco. Como considero que está en Babia, me acerco sigilosamente por detrás y le adhiero el monigote.


A continuación todo pasa tan rápido que me resulta difícil recordar la secuencia exacta. El grito y los ecos “¡me están acosando!””¡Un acosador! ¡Un acosador!” La pequeña multitud que se congrega con celeridad, me insulta y me zarandea. El coche patrulla que aparece de la nada, el policía que me introduce en él sin contemplaciones, la gente que pregunta “pero, ¿no lo van a esposar?” La llegada a los juzgados, que ahora están en las afueras... “¿Abogado? ¿Para qué voy a tener yo un abogado, si estoy estudiando un máster en robótica y, además, no me he metido en un lío en toda mi puta vida?”


Sin lugar a dudas, esta noche dormiré en el calabozo que comparto con dos yonquis desmejorados y temblorosos. Mañana, si hay suerte y dependiendo de cómo se tome la juez la denuncia, me pueden soltar, puesto que a todos parece golpearles la evidencia de que no soy peligroso: es casi seguro que, en nochevieja, me estaré tomando las uvas fuera, o eso me ha dicho el abogado que se va a encargar de mi defensa. Lo malo es que me van a echar del Colegio Mayor y, la fama que me va a colgar un incidente como éste, va a ser muy negativa. Estoy dudando si prefiero pasar por acosador o por imbécil.



“Muy probablemente por ambas cosas” ha rematado mi abogado, debe ser porque es el de oficio.

(© Prudencio Melgarejo. 2º Premio del concurso de microrrelatos de Gurguzcullar del Purejón.)

sábado, 2 de diciembre de 2017

De La Naturaleza Y Cualidades Del Gilipollas

En la última reunión de la junta ordinaria de la “Asociación de Amigos del Parénquima”, tuve un rifirrafe verbal con uno de los vocales de la directiva a propósito de una subvención a la remolacha forrajera y, para remachar su argumentación en contra, la coronó con un expeditivo “¡Gilipollas!” Como no soy muy ducho en el arte de insultar en directo, debido a cierta escasez de mordacidad, ingenio y reflejos, opté por guardársela y, tras documentarme, espetarle un denuesto absolutamente irrebatible, que lo dejara convertido en el hazmerreír de las cucarachas.

Volví a casa cariacontecido y, antes de comerme el bocadillo de anchoas que me ha recomendado el médico porque es bueno para la hipertensión, consulté en el diccionario RAE el significado preciso del que, a mi juicio es el insulto más utilizado en el ámbito peninsular, un insulto al alcance de todos los niveles culturales y léxicos, contundente, vejatorio y políticamente correcto, al no denigrar a ninguna minoría, menospreciar ninguna orientación sexual, ni escarnecer al titular de ningún defecto físico o mental inevitable para el sujeto zaherido con este vocablo tan corriente.




En el diccionario consultado, pone exactamente: “gilipollas: 1. adj. malson. Esp. Necio o estúpido. Apl. a pers., u. t. c. s.” Doy por sentado de que te percatas de todas las abreviaturas y paso a reflexionar por escrito acerca del contenido de la palabreja.


Un tío (o tía) del que afirmamos ser un gilipollas es, sencillamente todo aquél que despreciamos porque su conducta nos parece necia o estúpida. Sin embargo, no somos poseedores de la clave de la sabiduría en el comportamiento: lo que a nosotros nos parecen acciones propias de un gilipollas, al propio gilipollas no pueden parecérselo de modo alguno, pues nadie dirá de sus obras y de sus palabras: “Es que claro, como yo soy gilipollas, no tengo otra opción que actuar así u opinar de esta manera”. “Conduzco a 190 kilómetros por hora porque, como soy gilipollas, no creo en absoluto que el exceso de velocidad tenga que ver con los accidentes de tráfico”.




Aquí tenemos una notable cualidad del vocablo, su simetría: a no dudar, aquél a quién tú consideres gilipollas porque no bebe en una fiesta muy enrollada, considerará que es una gilipollez beber alcohol y ponerse a decir sandeces como haces tú.


Al margen de la simetría, otra nota característica de la gilipollez es su tinte emocional: aquéllos con los que no eres capaz de empatizar aunque te esfuerces, suelen ser unos gilipollas, mientras que son “tíos majos” aquéllos con los que empatizas sin ningún esfuerzo ni reserva. Esto nos llevaría a una interesante cuestión de índole matemática: si A considera gilipollas a un conjunto de sujetos que conoce, B tendrá su propio conjunto de beneficiarios del epíteto, C el suyo... y así hasta completar determinada comunidad de sujetos más o menos interrelacionados. Los gilipollas más auténticos estarán en la intersección del mayor número de conjuntos enumerados por los sujetos opinantes, aunque esto es dar demasiada importancia a la impopularidad con la que nuestro término ultrajante podría confundirse o solaparse: así, un profesor duro y exigente, será un gilipollas para la mayor parte de sus alumnos.




Otra característica de la gilipollez, es que alcanza más fácilmente a colectivos que a individuos. Por ejemplo, si yo, como aficionado del Zaragoza, digo que los del Huesca son unos gilipollas. Si después acabo conociendo y tratando a unos cuantos aficionados del Huesca, descubriré que uno por uno “son majos”, esto es lo que nos pasa cuando tratamos con un cierto grado de confianza a las personas: descubrimos que la mayoría “son majos” o tratables o incluso interesantes, lo que pasa es que tomados en una masa indiferenciada y ajena nos parecían todos iguales. De este modo, la gilipollez se suele atenuar con el trato... salvo cuando es auténtica, pero seguro que puedes concretar y defender pocos casos de genuina adecuación del ultraje con el sujeto.




Otra nota característica es que es muy difícil ser un gilipollas a tiempo completo, lo normal sería decir estar gilipollas. El paisano que esta mañana me ha quitado una plaza de aparcamiento mediante una maniobra heterodoxa, ganándose así el mencionado baldón, por la tarde me ha hecho notar que se me habían caído veinte euros del bolsillo y es que estamos ante una cualidad muy difícil de sostener de modo perdurable.




Corrección política dentro de la malsonancia, simetría, contenido emocional negativo, aplicación muy fácil a colectivos externos y falta de carácter permanente, estas son las características de un insulto muy popular, que lo dice todo y no dice nada del receptor. Así pues, llegamos a la conclusión de hallarnos ante un vocablo comodín, apto para cualquier clase de persona. De todas formas no es tan inocuo... Un auténtico gilipollas se sentirá muy herido si lo profieres y podría intentar desviarte el tabique nasal. Y, si has llegado hasta aquí, estarás pensando en mí con una certeza que ya no podría discutirte aunque quisiera, sí amigo, hasta formo parte de una ONG: Gilipollas Sin Fronteras (al servicio de tu desahogo).
 

lunes, 27 de noviembre de 2017

El Padre, El Hijo Y El Burro (Cuento Tradicional)

En un libro de cuentos costumbristas y chascarrillos baturros que me regaló mi padrino cuando yo era un tierno infante, leí por primera vez esta historia que, a dia de hoy, estoy convencido de que es universal, si bien no demasiado conmovedora, apta para cualquier lector desprevenido que pulule por la red en busca de invenciones ejemplares pero no muy largas. Casi no dudo de que a cualquiera que la ojee distraidamente, le resonará como a mí, procedente de sus más remotos recuerdos infantiles.

En un pueblo del somontano, a menos de media jornada de la capital vivía Cipriano, un hombre viudo algo mayor, que decidió ir a vender sus hortalizas al hermoso mercado porticado de la ciudad.


Cargó, en las alforjas de un borrico de su propiedad, las lustrosas berenjenas, los densos tomates y los sabrosos calabacines y se hizo acompañar de su hijo, para que éste no anduviera, al salir de la escuela, por el pueblo haciendo trastadas con los otros ganapanes. Pronto vendió todo el género que era muy apetitoso y sacó sus buenos cuartos en el animado mercado de verduras, frutas y hortalizas.


Montó a su hijo en el burro y, tirando del ronzal, se dirigió de regreso a su casa. Apenas había salido de la ciudad por el camino del Pueyo, cuando se cruzó con unos paisanos que volvían de las viñas. Tras devolver un escueto saludo, Cipriano oyó que al alejarse, decían:


-Fíjate, el crío sano y fuertote, repantingado en el burro como un señorito y el pobre viejo, con canas y ya un poco encorvado, tiene que andar jibándose los pies con los cantos del camino. A dónde vamos a ir a parar, si es que hoy en día ya no se respeta ni a los mayores.


Un poco apurado, el padre le dijo al chico.


-Mira, vamos a cambiar y así no murmurará la gente.


Se subió entonces al burro y ahora, era el niño el que delante tiraba del ronzal.


Se cruzaron con unas comadres que venían de la ermita, éstas les miraron ceñudas y no esperaron a alejarse para comentar:


 -Mira tú, el señor “coflao” en el borrico, como si fuera un obispo y la pobre criatura bien enclenque, a patita, que va a llegar el chavalín reventado a casa. Hay quien no tiene miramientos con los más débiles, qué mal hombre.


El padre le dijo al niño entonces:


-Anda, sube a la grupa y así, yendo los dos montados, no daremos más que hablar.



Pero aún no habían recorrido mas que unos pocos centenares de metros por el polvoriento y pedregoso camino, cuando se cruzaron con los enlutados que volvían de un entierro. Uno de ellos, exclamó:


-¿Habéis visto qué par de bestias? Si van a escachar al pobre borrico, desde luego hay gente que se piensa que tiene derecho a maltratar a los animales, qué salvajes.


-Quizá tengan razón – dijo Cipriano -, mira, hijo, como ya falta poco para llegar al pueblo, vamos a bajarnos los dos y recorreremos a pie lo que nos resta, que es verdad que el burro debe de estar cansado con la jornada que lleva.


Hacía poco que habían descabalgado, cuando se tropezaron con unos mozos que se iban de fiesta:


-¿Habéis visto qué par de bobos? El borrico sin carga, fresco como una rosa, y ellos dos hechos polvo y gastando suela, desde luego hay gente que no sabe aprovechar lo que tiene, qué memos.


Cipriano muy abatido, se dio cuenta de que nunca se puede contentar a todo el mundo, de que hagas lo que hagas siempre vas a ser criticado, por tanto se prometió no olvidar aquella provechosa enseñanza y, en adelante, hacer siempre lo que le saliera de los cojones.



El burro no estaba cansado, se comió todo el forraje y durmió beatificamente, soñando que era un unicornio.


El niño no estaba cansado, cenó sopas de leche y durmió como un lirón, feliz por haberse picado las clases y haber acompañado a su padre que, encima, le había dado dos reales de propina, una moneda que le gustaba mucho con su agujero en el medio.


Cipriano, derrotado por la fatiga, estuvo dando vueltas en la cama durante toda la noche y es que, la mala leche que se le había puesto, no le dejaba pegar ojo.


Y ahora, una versión ultramarina y musical del cuento: