martes, 19 de septiembre de 2017

El Amigo Gay

Con esta entrada certifico que este, más modesto que molesto, blog alcanza su punto más bajo, no sólo en lo relativo a difusión, asunto que, a estas alturas es ya irrelevante, sino en lo tocante al mal gusto, lo casposo, lo políticamente incorrecto y lo infamante y vergonzoso en general.

Hoy voy a proponer un sencillo jeroglífico que se me ocurrió el otro día, mientras extraía el cerumen de mis conductos auditivos, poco antes de lanzarlo, haciendo pinza con los dedos, hacia la ventanilla de un Audi que ignoró el paso cebra que me disponía a atravesar y que ya tanteaba con mi bastón.


Es un jeroglífico, según creo, rigurosamente inédito, similar a los de mi admirado D. Pedro Ocón de Oro, a los que tan aficionado era de joven. Puedes intentar desentrañar la imagen para responder a la pregunta:


¿Qué te propuso tu amigo gay?




Pero, como dudo que seas capaz de dar con la clave, pondré en unos días la respuesta en los comentarios de la entrada.


Parece que me burle de identidades sexuales minoritarias, lo cual, dentro de varios meses, será delito si determinadas propuestas presentadas al Congreso prosperan. En pocos años sólo me podré cachondear de los heterosexuales masculinos, mayores de edad, de raza blanca, religión católica, lengua castellana, sin taras físicas o psíquicas y que acrediten una renta anual superior a diez mil euros...


O del Rey. Siempre nos quedará el Rey.



Este otro, de carácter mucho más "blanco"
no lo he visto nunca en ninguna parte.
Así que me lo atribuyo alegremente.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Elogio De Las Pinzas De Madera

El otro día, en el supermercado donde iba a proveerme de viandas sin gluten, refrescos sin azúcar, cerveza sin alcohol y aceitunas sin hueso, caí en la cuenta de que hace mucho, muchísimo tiempo que no veo pinzas de las de siempre, de madera; ya no las deben fabricar ni siquiera en los remotos países del tercer mundo, que tanto contribuyen a nuestro bienestar con la abundancia y baratura de sus manufacturas, ambas cualidades consecuencia de una elevadísima productividad, basada en salarios miserables y en la ausencia de sindicatos de clase o su absorción por regímenes sanamente despóticos.

El caso es que, ni aún así, no hay una oferta lo suficientemente barata de las pinzas de toda la vida, para que uno de nuestros cresos propietarios de cadenas de supermercados pueda ofrecer un paquete de 40 unidades a 0’99 € que sería lo suyo. Hay, en cambio, surtidos coloreados de atroces pinzas de plástico, objetos sin alma, sin gracia, carentes de otra utilidad que la de sujetar la ropa en el tendedor o mantener cerrado el paquete de fideos, de avellanas o de arroz a medio consumir, evitando  que semejantes menudencias se esparzan a su gusto por los armarios de la cocina, que se convertirían así en improvisados vertederos.


La materia primigenia

¿Y qué otra gracia, qué otra utilidad, qué otra bendición tenían las pinzas que usaban nuestras madres en sus extenuantes coladas de antaño?


Bueno, para empezar estaba el olor a lejía que acababa impregnando la madera de modo permanente: era un olor a limpio, a hogar purificado e higiénico, a infancia protegida por el aseo más expeditivo.


Taller de salvamanteles

Pero los niños de aquella época remota, desinfectada y feliz, no nos quedábamos allí. Con dos pinzas, desmontada una y hábilmente recolocada, obteníamos una pistola de resorte, bastante operativa, con la que arrojar garbanzos crudos a nuestros compañeros de clase cuando la profesora de gramática no miraba. Ella estaba de espaldas, escribiendo el sujeto y el predicado en la pizarra y nosotros elegíamos un sujeto al que darle con un garbanzo seco en la testuz. Esta pequeña arma no permitía afinar en exceso la puntería y acababas dándole en el morro a quien menos debías: al chivato de guardia, al mazas que luego durante el recreo te haría comer las adherencias de las suelas de sus zapatos o, peor aún, a la mismísima profesora que, en aquella época de violencia sin tapujos, podía obsequiarte con un sonoro cachete en el occipucio, para regocijo de tus colegas.


Pistola

En esta nostálgica revisión, me he dejado lo mejor para el final: estas económicas y ubicuas pinzas de madera eran una fuente inagotable de inspiración para trabajos manuales tan fáciles como resultones.


Mecedora

Mesas, sofás, sillas e incluso mecedoras de pinzas, marcos para espejos o para fotos, salvamanteles y todo aquello que la imaginación de tu profesora de manualidades fuera capaz de urdir. Sólo necesitabas las pinzas, cola o, mejor, pegamento Imedio, cuyo aroma extendía un manto de excitada alegría y de agitada laboriosidad por la clase, una sierra de marquetería para las manufacturas más elaboradas y paciencia, abundante paciencia. La recompensa consistía en poder obsequiar a tu madre, a tus tías solteras u otros familiares con churretosos presentes que acogían con gorjeos de complacencia y arrumbaban en los más olvidados y polvorientos estantes, hasta que te hacías mayor y te morías de vergüenza al ver tan desmañados zarrios.


Dulces sueños

Las pinzas de madera, objeto de estas punzadas de nostalgia, servían, por último, para taparte la nariz si tenías que transitar por una cloaca, un albañal o un parlamento regional, o cuando un ser querido se tiraba un pedo a tu vera. Las actuales de plástico no sirven para hacer de mascarilla improvisada, el resorte suele ir bastante duro y el plástico, con el sudor, resbala de la nariz.


Y de este modo termino la apología de estas reliquias, que son como los huesos de san Teobaldo, los que se usaban para el caldo.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Matemáticas Y Diversión 24 - ¿En Qué Puerta Está El Coche?

A comienzos de los 70, una frívola novedad irrumpió en las grises pantallas de los hogares celtibéricos: se trataba del recordado programa concurso televisivo “Un, dos, tres, Responda otra vez”. Su éxito fue sin duda rotundo y perdurable, hasta que, décadas después, la fórmula estaba tan gastada que se había convertido en la imitación de la copia del duplicado del remedo de una pantomima que aburría, no ya a las abuelitas, sino a la pelusa de sus rebecas de punto. Los medios acostumbran a exprimir la gallina de los huevos de oro hasta degradarla a caldo en cubitos.

Por eso hoy cuesta creer que, durante las primeras temporadas, unos doce millones de carpetovetónicos ávidos de diversión esperásemos a las vigilias de los lunes con auténtica voracidad.


.. ¿Se llevarán los concursantes esta noche el coche? El coche, el coche, el premio máximo, comparados con el cual el resto de los obsequios parecían de chichinabo. El programa, en sus inicios, en aquella España donde la abundancia no se había presentado todavía, tenía un relumbrón que nos apabullaba. Además era entretenido y gracioso, creo recordar unas azafatas ataviadas de un modo que la censura actual no permitiría, y el agrio desenfado de don Cicuta, que le aupó al puesto de malo predilecto de millones de españoles, puesto que conservó hasta la llegada de Darth Vader.


Pero como esto es conocido de todo el personal, volvamos al coche. Había tres puertas cerradas y tras una de ellas estaba el objeto del deseo de todos mis compatriotas, por aquel entonces un año íntegro de salario apenas alcanzaba para el modelo más modesto ¡y allí había quien lo ganaba en un momento! Bueno, no era tan sencillo, un as de los trileros, el presentador Kiko Ledgard, torturaba a la pareja concursante con ofertas e insinuaciones, sembrando en su ánimo vacilaciones y dudas.



Voy a proponer un problema para curtir a una eventual pareja de concursantes, en el incierto pero no del todo descartable caso de que el concurso se reencarne: imagina las tres puertas, tras una de ellas está el ansiado coche, un Nissan Daukuenta. Las otras dos puertas ocultan sendas calabazas (el regalo sin valor del programa se llamaba doña Ruperta y era una simpática calabaza que cantaba una canción con los títulos de entrada del concurso). Concéntrate. ¿Qué puerta eliges. Ésta. Vale.


Ahora el presentador, abre una puerta y ves con alivio que tras ella hay una calabaza. El muy ladino te dice si ahora deseas cambiar tu elección o quedarte con la puerta que ya has escogido. ¿Qué haces? Igual acertaste con la del coche, te cambias y luego te pegas un tiro.


El insidioso presentador sugiere arteramente que te ha enseñado una calabaza como la que oculta la puerta que tú te obstinas en elegir. ¿Qué haces? ¿Qué haces?


Ni lo dudes: cámbiate. Si te cambias tienes el doble de probabilidades de las que tenías en un principio de acertar.


Voy a tratar de explicártelo. Hay tres posibilidades de partida. El coche está tras la 1ª, la 2ª o la 3ª puerta, pero como tú no sabes cuál es, elegirás al azar una de las 3, la marcada con una “X” en las ilustraciones, lo que da 9 posibilidades, de las cuales 3 son favorables, tu probabilidad de éxito es 3/9 = 1/3, como ya sabías.


Ahora bien, ¿qué pasa si te abre una de las puertas que no has elegido, enseñándote una calabaza. Si te quedas como estabas, sigue siendo 3 de 9, o sea, 1/3. Con una “P” señalo la que te puede abrir el presentador.


Pero prueba a contar qué posibilidades tienes si te cambias de puerta ¡6 de 9! ¡El doble! 6/9 = 2/3 (he marcado con una P la puerta que muestra el presentador y con una C la que te correspondería al cambiarte, obviamente si tras las puertas que no has elegido hay sendas calabazas, da igual que te muestre una u otra).











Aquí hay que hacer dos precisiones de corte psicológico. Las 6 veces que te cambias y ganas, tenías una calabaza, cojonudo; pero las tres veces que te cambias y pierdes, tenías el coche, con lo cual necesitarás ayuda médica especializada para superar el trauma.


La otra consideración atañe a la malvada charlatanería del presentador. Si siempre usa el recurso de mostrar una puerta no premiada, has de cambiar tu elección con los ojos cerrados pero, ay, si lo USA sólo en ocasiones, podría ser una manera de hacer que te pases de listo, pues el sabrá que cambiando tu elección doblas tus probabilidades y, en este caso, sólo te lo propondría si ya hubieras elegido el coche, aunque si tú sabes eso, podrías vadear su trampa y entonces...


Ya ves, como problema probabilístico es muy sencillo: la posibilidad de acertar se duplica. Como problema relativo al comportamiento humano es... irresoluble, claro, nos hemos internado en el terreno del engaño y la incertidumbre.   

jueves, 7 de septiembre de 2017

Aprrrenda alemán!




En una revista gráfica alemana (patosamente maquetada, por cierto) sale esto en la sección de humor y pasatiempos... Como no entiendo ni una palabra del idioma de Goethe, me he quedado sin pillar el chiste.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Sortilegio 155

Pese al desinterés que, por activa y por pasiva, atesoramos y exhibimos, no hemos podido sustraernos a la cifra machaconamente insuflada por periodistas, tertulianos, políticos y otros agoreros profesionales: el 155.

 - Dígame, señá Benita, usted cree que es oportuno aplicar el 155?


 - Hombre, si han fallao el 153 y el 154, no habrá más remedio...



Pertenezco a la extensa pléyade de ciudadasnos que, o no hemos leído la constitución en absoluto, o le hemos dado un distraído vistazo. En mi caso, inicié alguna lectura asaz descuidada, cuando preparaba en la escuela alguna clase de Educación para la Ciudadanía, aunque esta materia acabó centrándose más en respetar los derechos de los menores transexuales y ponderar los logros de razas más interesantes que las indoeuropeas. La lectura de la Carta Magna me aburría rápidamente y acababa considerando que aquello era un asunto más bien de leguleyos y otras gentes tocadas, o más bien, togadas.



Es como si pensáramos que la democracia y los derechos ciudadanos se dan de manera absolutamente espontánea en los árboles y, en todo caso, ya habrá algún pringado que los pode, los abone y los fumigue si semejante molestia fuera necesaria, ¿verdad? A mí me da una envidia pasmosa cuando en las pelis americanas, los protagonistas salen con aquello de la Segunda Enmienda y todos fingen conocer, respetar y apreciar, desde la escuela, el articulado de su Ley Fundacional, de la Constitución de 1776 que, al parecer, recitan de memoria. Soy consciente de que el guion está estilizado, los personajes están embellecidos y la realidad está edulcorada, y allí, como aquí, también habrá cernícalos, boniatos, piratas y borricos. Allá como acá, “de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Antonio Machado dixit, el okupa de la placa de una plaça de Sabadell. (Por cierto, es falso que el informe encargado por el municipio aconsejara renombrarla Plaça del violador de l’Eixample o Plaça dels executors de Bultó, como han difundido algunos medios hostiles a la CUP).



Pero bueno, volvamos a la Constitución Española de 1978 (que en Cataluña obtuvo la despreciable cifra de un 90 % de votos a favor, quizá debido a que tan sólo 2 de los 7 ponentes o redactores de su enrevesado texto eran catalanes), y a su artículo 155, del que aquí se habla últimamente hasta en los bares, “marchando un 155 con leche del tiempo”. Tengo que reconocer, con indisimulado bochorno, que no he leído nunca el artículo de marras, así que entro en la página del BOE, descargo el texto constitucional de 1978 en PDF, elijo el idioma y esto es lo que pone, tal cual:


“Artículo 155.  1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general. 

2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas.”


El texto, la verdad, parece bastante pertinente al caso, si uno se toma la molestia de escuchar a las autoridades de cierta comunidad autónoma que se pasan por el forro diariamente, desde hace un lustro más o menos, las obligaciones que la Constitución les impone, el interés general de España y cualesquiera otras consideraciones o responsabilidades que la representación del Estado en su territorio les reclame. Nada. Ni puto caso. ¿Se ha tomado el Gobierno semejantes molestias? A tenor de sus actos, parece bastante dudoso, aunque, ¿qué podría hacer en realidad? “Dar instrucciones” no es muy preciso. Igual ya las ha dado y el terco adalid de la desconexión no las ha descifrado, o las ignora, y entonces ¿qué? ¿Se le lanza un sortilegio que lo degrade de Presidente electo a parado de larga duración, o más útil todavía, a barrendero con contrato basura? Ay las leyes, qué seguimiento tan desigual, mientras las leyes antitabaco se aplican a rajatabla (prueba a encenderte un cigarrillo en el tren, si todavía para alguno en tu pueblo), la pobre Constitución languidece en la inopia del Derecho, qué fracaso colectivo.



Voy a terminar esta recalcitrante monserga, con dos citas literarias que vienen a cuento y me vienen de fábula:


“No hay camino más largo que el que no conduce a ningún sitio”.


“¿De qué sirve una ley justa y válida si no se puede hacer cumplir?”


Ignacio Martínez de Pisón, de su novela “Derecho Natural”.


Pues eso.

jueves, 31 de agosto de 2017

Retrospectiva Del Calor

Intento salvaguardar la paz pegajosa y canicular del férreo agosto, rehuyendo la toxicidad implacable de la prensa, la radio y las cadenas de la telebasura política, enterándome lo menos posible de la que está por caer en el próximo otoño, en suma, imitando al modélico avestruz en el que nos hemos convertido los indiferenciados individuos de las masas que en éste país atiborran las playas y abarrotan montañas y valles, en busca de una brizna de frescor, del que tan avaro es el verano por estos abrasados pagos.

Me resisto a contar cómo es el verano en Monzón, haría falta un talento comparable al de El Bosco para hacer una descripción de lo que es una versión tan nítida, tan inequívoca, del infierno trasladado, o mejor materializado, de forma tan contundente y precisa en un rincón tan infausto de nuestro planeta, aquél donde pega el sol con toda su mala hostia.




Escribo esto cuando ya ha quedado atrás una atroz ola de calor, la segunda en lo que llevamos de este verano de 2017. Rememoro el sudor que se escurre como una catarata desde cada uno de mis maltrechos poros: no puedo calcular con exactitud el último momento en el que mi piel estuvo seca por última vez, aunque seguro que hace más de tres semanas, es un milagro que no esté cubierta de musgo.




El verano tiene su comienzo oficial en Monzón y toda su jodida latitud el 21 de junio, aunque esta temporada se ha adelantado a su habitual desencadenamiento, con una saña que nos ha dado pábulo a maldiciones y blasfemias suficientes para ganarnos este ferocísimo infierno, así es la voluntad divina.




Durante más o menos tres meses, somos obsequiados con unos rayos solares que podrían derretir el vidrio de los escaparates, hacer que se secaran los cactus del desierto de Sonora que hubieran trasplantado aquí por error, o poner el asfalto en ebullición, pero eso no es lo peor. Lo peor es la continuidad del calor en el aire de día, de noche, de madrugada, la temperatura bajará en muy raras ocasiones de los 30 grados en los cubículos de cemento que habitan nuestros malolientes cuerpos y nuestros atufados espíritus. La otra noche, a las dos de la madrugada el termómetro exterior de una estación meteorológica de supermercado que tengo, marcaba 33 grados cuando me fui a dormir cocido en mi propio caldo. Lo peor es esta cocción nocturna, adobados con las rachas del aliento pestilente del dragón que entran por la ventana abierta, si la cierras es aún peor.




Aunque no hay mal que por bien no venga: al cerrarla, se amortigua un poco el ruidoso pandemónium que los jovenzuelos del pueblo convocan noche tras noche en la plaza que tengo enfrente de casa, un poco de botellón, un poco de piruetas motorizadas, algunas briznas de la hierba de la risa, aullidos hormonales, golpes en el mobiliario urbano, en fin, lo de siempre; a las tres o las cuatro de la mañana se cansan de su pequeño aquelarre cotidiano y se van. Tengo la fantasía de que van a rondar frente al balcón del concejal de juventud, cultura y deporte y, confortado con ella, cierro los ojos y consigo dormirme un rato.




Por la mañana te tienes que levantar tempranísimo para salir a caminar un poco. Incluso a las 8, la sombra en la chopera dista bastante de ser fresca. No sólo el camino, sino todo en derredor tiene un aspecto requemado, seco y polvoriento. El olor es como el de un mar fétido y putrefacto que se cobijara a dos o tres metros por debajo del nivel del suelo y filtrara a través de él sus mefíticos efluvios en una calima densa, ponzoñosa y maloliente.




Yo no sé si esto es el calentamiento global o toda la vida nos hemos jodido de calor en verano, de todas formas, la mayor parte de los ecologistas que conozco tienen el aire acondicionado a todo trapo y no comparten conmigo esta experiencia de bochorno incandescente que me asedia y atonta.


Todos los días están consagrados a un deseo: que llegue el final de septiembre y, con las lluvias torrenciales, refresque un poco.


Aunque estas últimas fechas, Luzbel nos ha dado un respiro poniendo las calderas al ralentí y cerrando la bocana del averno: él sabe que de todas formas volverá a adueñarse de nuestros pecadores despojos, de nuestros inanes cuerpos y de nuestras patéticas almas.






martes, 22 de agosto de 2017

Carmageddon En Barcelona

He leído en algún sitio que se acaban de cumplir 20 años del lanzamiento de este popular videojuego, que está resultando una inagotable fuente de inspiración para un número preocupantemente elevado de imamporreros, islamotarados y musulmajaderos que, sin estar provistos en sus miserables existencias de otra cualidad que la capacidad de ocasionar entre el resto de los seres humanos el mayor daño, dolor y destrozo posible, ven facilitado su funesto propósito por la palmaria incapacidad de autoridades, la soñolienta decadencia de instituciones y la alegre y confiada ciudadanía, sin otra aspiración ni responsabilidad que pasarlo bien.

Carmageddon es una fantasía, hecha macabra realidad varias veces recientemente, en plan autos de fe, no sé si se pilla el juego de palabras antirreligioso. Lo deliciosamente siniestro del asunto es que probablemente alguna de las víctimas jugaría, en su momento, al popular juego en el que el atropello de peatones indefensos daba puntos extra. Pobres, pobres de nosotros, con nuestras fantasías más aterradoras puestas en manos de los que peor nos quieren.



Desde luego que salir de la inanidad en esta atroz guerra, que nos ha sido declarada al conjunto de la población de Europa Occidental por aún no sabemos bien quién, nos llevará algún tiempo y es fácil parlotear sobre estos ataques indiscriminados y horrorosos (como yo estoy haciendo), evidentemente una cosa es experimentar el dolor, el horror, el pánico y la repulsa, y otra muy diferente tener la menor idea de cómo atajar o precaver estas dantescas matanzas con las que los chicos del Corán nos están obsequiando de unos pocos años a esta parte. Fíjate, ni siquiera las autoridades se sienten responsables de no tener la menor idea al respecto: incluso aunque la alcaldesa de la indefensa ciudad atacada por la horda islamista, hubiera atendido a las indicaciones del ministerio del interior y hubiera sido capaz de descifrar la recomendación de poner barreras físicas en el acceso al circuito de la muerte, podría no haber servido de nada. Simplemente no puedes detener a todos aquellos que te quieren mal y están dispuestos a hacerte daño sólo porque sí: siempre encontrarán la manera de saltarse los bolardos, proveerse de explosivos, o rajar a atemorizados transeúntes. Siempre que su intención sea esa y sólo esa, no pueden fallar.



He tardado unos días tras esta exhibición de atrocidades en acertar a expresar una opinión, en primer lugar porque ni es valiosa ni nadie me la ha pedido; en segundo lugar porque no quería darla en caliente, donde lo único que alcanzo a barbotar son palabrotas y preposiciones y, en tercer lugar, porque quería disponer de una información lo más contrastada posible, cosa que, a bote pronto los actuales medios de comunicación imposibilitan, ya que las primeras cuarenta y ocho horas son de ruido y furia, accediéndose muy poco a poco a las noticias propiamente dichas, cuando la parroquia empieza a estar saturada del asunto y ya no le presta la menor atención.


A mí, una vez pasados el espanto y la conmoción, lo que más me sorprende es ese “¡no tenim por!” No tenemos miedo, coreado por la peña para darse ánimos. ¿Que no tenéis miedo? Pues yo me cago por la pata abajo: en primer lugar, no sabes quién te golpea, ni cuándo repetirá, ni dónde le vendrá bien, ni por qué o por qué no estas señalado, ni qué emplearán para liquidarte y no tienes ni refugio antiaéreo ni sirenas de alarma, bueno, te queda el consuelo de que peor y mucho más peligroso era la peste negra, los campos de exterminio nazis, o ser residente en Hiroshima en agosto de 1945. El que no se consuela es porque no quiere.



En esta inanidad, consustancial a la vida posmoderna, el único recurso que nos queda es ampararnos en las estadísticas del horror, la mutilación y el sufrimiento (es poco probable que nos toque a nosotros o a los seres cercanos, de hecho es mucho más probable que nos alcance un accidente de tráfico, aunque en este caso ayuda bastante la prudencia, virtud que en el supuesto anterior no sirve para nada), nos queda también quizá, tocar madera y meter la cabeza entre las rodillas, pero miedo vamos a pasar un rato, por eso lo llaman terrorismo, ¿no? valga la redundancia.


De todos los efectos atroces que la cosa puede tener, el sumergirnos en una marea de desconfianza e incertidumbre (más alla de las inherentes al mundo que disfrutamos), la eventual pérdida de libertades y garantías, o el que nos toque otro Zapatero y vuelva a bajar el sueldo de los funcionarios, o peor aún, que repunten con fuerza alternativas autoritarias, fascistas o xenófobas, de todas las secuelas como digo, la que a mí primero me alcanza y me molesta de lo lindo es soportar a los quintacolumnistas que, sin saber todavía quién es el enemigo, ya lo defienden, encaminando todos sus esfuerzos a demostrarnos que la culpa la tenemos nosotros, es decir, que los agresores somos nosotros o, por concretar esta vez, la pobre gente que falleció atropellada en las Ramblas y que, entre otros muchísimos agravios, eran responsables de... Yo qué sé... no haber velado por la decencia de sus mujeres, no haber puesto fin al conflicto sirio, haber desencadenado el cambio climático, haber depuesto y ejecutado a Gadafi y a Sadam Husein, no haberse implicado con la causa palestina, haber esquilmado los recursos de los países pobres (evitándoles disponer de su propia flota de furgonetas), o haber participado en la expansión de un turismo “depredador, elitista y masivo” (según denunció la CUP).



Pobre, pobre gente, atropellada dos veces.