lunes, 13 de febrero de 2017

Mamíferos Al Poder 2

Mal que nos pese, hemos de admitir que nunca hemos sentido un gran respeto por el resto de la clase, exceptuando, y no siempre, a los de nuestra especie. Me refiero a la clase de los mamíferos, que alberga unas 5400 especies (y bajando) las cuales son objeto de estudio de la mastozoología o teriología.

Desde los tiempos más remotos, hemos pensado que éramos el mamífero con más pedigrí, la cúspide del reino animal, un bicharraco hecho nada menos que “a imagen y semejanza” de Dios que, de este modo, vendría a ser una especie de Supersimio Todopoderoso (un King Kong Metagaláctico).


Por fortuna o desgracia, las cosas están cambiando y, en nuestros días, tendemos a considerarnos un miembro más, eso sí, especialmente dañino, de ese ecosistema que compartimos con ratas, cucarachas, chinches, perros, gatos, ladillas, garrapatas, cerdos y otras especies alojadas lejos del peligro de extinción.


En el otro extremo están los tigres, orangutanes, elefantes, linces ibéricos, rinocerontes, ballenas y otros dignísimos representantes de la clase de los mamíferos que, por acción u omisión, hemos puesto al borde del cese como especies participantes en la sacrosanta biodiversidad. No es mi caso pero, si tuviera conciencia, dejaría que un tigre de Bengala devorara alguna de mis extremidades menos útiles... En todo caso, es un consejo que dejo aquí apuntado para los activos dirigentes de las sociedades animalistas.



Y si nos ponemos quisquillosos y políticamente correctos, quizá también deberían perseguir con sancionadora saña a todos aquellos que usan expresiones despectivas e insultantes hacia los demás mamíferos, muy frecuentes por lo demás en nuestro lenguaje cotidiano: “Se portó como un cerdo”. “Basta ya de hacer el mono”. “Es tan ignorante como un asno”. “Como no se lava, huele a tigre”. “Esa tía es una zorra”. “No seas rata y páganos una cerveza”. ”Se ha puesto gorda como una vaca”. “Seguimos las modas como borregos”. “Está ciego como un topo”. “Lo tuyo no es bailar, es hacer el oso”. ”No te fíes, es un cabrón”. Y así ad infinitum, cuando queremos ponderar una mala cualidad, siempre se la carga un mamífero.



En la era pre-pantallas, con el juego de “Pi”, que ahora es “Scattergories”, ya nombrado en alguna ocasión, trataba yo en asuetos escolares de que los niños clasificaran animales, poniendo por ejemplo la etiqueta “mamíferos”, para hacer la categoría más exigente. Por supuesto, encontramos mamíferos comenzando por casi todas las letras del abecedario: ardilla, búfalo, castor, chacal, delfín, elefante, foca, gorila, hipopótamo, impala, jirafa, koala, lobo, llama, mandril, nutria, ñu, oso, puma, quirquincho, rinoceronte, suricata, tigre, visón, wapití, yac, zorro. Si se repetían, cosa que pasaba con los más comunes, perro, gato o caballo, contaban menos.


A pesar de mis esfuerzos no he sido capaz de encontrar mamífero alguno, con nombre común que tuviera por inicial la “u” ni la “x”. Y, desde luego, no es que supiera lo que era un quirquincho. Hasta el siglo XVIII hubiera valido “uro”, un bóvido que tuvo la mala ocurrencia de extinguirse como, sin duda algún día, nos extinguiremos nosotros, para dar paso a especies menos invasivas o más resistentes... Hasta pudiera ser que más evolucionadas, capaces de comprender el inmenso desperdicio de la conciencia y de la vida.


No es un Pokémon, es un quirquincho

miércoles, 8 de febrero de 2017

Tres Años Sin Fumar (Pero Vapeando Con Ganas)

Empecé a fumar en el verano del 82. La pésima actuación de la Selección Española de Fútbol en el infausto Mundial del Naranjito me echó en brazos de la que, durante más de 30 años, sería una de mis adicciones favoritas. Un paquete diario, primero Florida, luego Chesterfield. En enero de 2014, estaba un poco harto del tema: me cantaba la caja (torácica) y las autoridades se habían puesto pesadísimas con la persecución de los fumadores. Fumar era casi tan impopular como cometer un acto terrorista; en algunas comunidades, más.

Había probado a dejarlo por las bravas. Era muy arduo (cualquier fumador lo sabe) y mis éxitos alcanzaban, como mucho, 40 días de abstinencia, hasta que volvía a echarlo de menos y, primero un cigarrito, luego uno al día, dos, tres... Y, clac, de vuelta al colectivo de adictos.
Cuando “se puso de moda”, hace tres años, abrieron una tienda de cigarrillos electrónicos en mi pueblo (y ahí sigue, “La Boutique del Vapeo”), me picó la curiosidad por probar una alternativa al tabaco y aquí estoy, con una nueva adicción, al parecer menos nociva, pero mucho más gratificante y divertida.


Mi kit favorito a día de hoy

Por un lado, no quiero hacer como el converso y cantar las excelencias de la nueva fe en lo saludable, entretenido y delicioso de aspirar densas nubes de vapor con aromas de vainilla, canela, regaliz o arándanos. Por otro lado, no puedo dejar de comprender que se trata de otra adicción y que saludable, lo que se dice saludable, hubiera sido dejar el tabaco y respirar el fresco y purísimo aire del Tíbet.


Una repisa con "atos"

Pero respecto de los vicios y caprichos que hacen llevadera la existencia, terminaré con un conocido chiste, uno que ya contaba Eugenio cuando empecé a fumar. Un hombre va al médico y éste, tras examinarle, comenta: “Le veo muy mal, como siga así cualquier día puede darle un infarto. Así que, de momento, nada de tabaco ni de alcohol. El café, con cuentagotas. La sal, ni probarla. Dulces y embutidos, prohibidos. Y el sexo, en fin, a su edad es más saludable para el corazón andar dos o tres horas diarias”. El paciente, muy preocupado, pregunta: “Doctor, ¿y de este modo usted cree que podré vivir más tiempo?” A lo que contesta el médico: “No tengo ni idea, pero, sin la menor duda, se le hará muchísimo más largo.”


Pues eso. Te enlazo a un vídeo que es de lo más serio que he visto sobre el fenómeno y su toxicidad relativa inferior a la del tabaco. Y a una encuesta, por si eres de los que han tenido la suerte de cambiar los humos por los vapores. Salud.


lunes, 6 de febrero de 2017

Crónicas De Un Pueblo 1. El Plano de Gurguzcullar

Tengo el honor de haber sido nombrado Cronanista y Asesor de Urbonanismo del municipio virtual de Gurguzcullar del Purejón. Recuerdo haber hablado ya del citado municipio en las entradas de 24 de mayo de 2015 y 16 de enero de 2016, sin embargo el decrecimiento de su número de seguidores me apremia a volver sobre el tema. En las elecciones municipales de mayo de 2015, el PimP (Partido imPopular) obtuvo tan sólo 10 de las 21 actas de concejal, lo cual puso en manos de AG (Ahora Gurguzcullar) el gobierno de la localidad, AG había obtenido 4 representantes electos, pero consiguió el apoyo de las otras 5 candidaturas con representación: PSOdeG (2), Gurguzcullar en Común (2), PIP-Partido Independentista Purejonés (1), Movimiento Pueblerino (1) y Antitaurinos (1).

No obstante, la citada pérdida de seguidores del cibermunicipio (que han pasado en los últimos meses de 22.807 a 1.204, con lo que el número de concejales virtuales bajaría de 21 a 9) urge una campaña de promoción de este núcleo imaginario en las redes sociales (periclitado en FAESbook, habremos de volcarnos en Squawker y en Memegram).


También en Blogger, tarea encomendada a un servidor por el mismísimo Concejal de la Verdad del lugar. Obviamente, Gurguzcullar carece de un espacio físico, lo cual condena a su existencia a un elevado grado de arbitrariedad. Aun así, elaborado el plano y sometido al Pleno, fue aprobado por 11 votos a favor, dos abstenciones y 8 votos en contra. Los votos en contra, reclamaban una ubicación en la costa o, al menos, un río truchero, una plaza de toros, o una muralla romana. La gresca se armó con el tema de los nombres de las calles y el emplazamiento y la titularidad de los principales equipamientos y servicios: ahí fue el insultar y faltarse, ahí fue el gritar y ofender, a tal punto que un pleno del Ayuntamiento de Cartagena hubiera parecido una balsa de aceite.


Al final hubo una suerte de consenso provisional entre las distintas sensibilidades: las correctas, las erróneas y las carenciales. Bueno, si más adelante cambia mucho el plano o las denominaciones, tendré que rehacerlo, para eso soy un mandado.



La promoción de Gurguzcullar incluye un recortable de su ayuntamiento: lo imprimes en una cartulina tamaño folio, lo pintas, lo recortas, lo doblas, lo pegas y verás. Pero no te dejes engañar, en realidad el exterior es un trampantojo, un cascarón que cobija seis plantas y más de 15.000 metros cuadrados de oficinas de gran capacidad recaudatoria (virtual).



Hay dos zonas rojas en el plano: la superior representa lo que en un principio iba a ser la consabida casa-cuartel, pero una moción del PIP, “Descentralización de la Guardia Civil. Cambio de lema: todo por la patria chica”, consiguió que, de momento, el edificio se consagre a Ateneo, con la fachada adornada por un enorme fresco hiperrealista, titulado “Ada Colau fumigando a los banqueros”.


La segunda (más abajo, a la derecha) da lugar a una breve crónica: observaréis que en el plano no hay centros educativos y es por una singular razón. Al ser Gurguzcullar un núcleo con calles, avenidas y carreteras virtuales, todos sus habitantes se han provisto de cochazos digitales, con predominio de Audis, BMWs, Jaguares, Maseratis y algún pretencioso Rolls. Establecido semejante parque móvil, todos los vecinos quieren presumir con sus carruajes y han exigido que las escuelas y el instituto estén al menos a diez kilómetros del casco urbano, cosa que fue acordada sin dificultad. Cada mañana, una caravana de haigas lleva a los alumnos al colegio y, por la tarde, los van a recoger, montando divertidas retenciones, donde los Gurguzcullanos se dedican a su deporte favorito: el vituperio.


El régimen de los centros educativos también es particular: están prohibidos los deberes, los docentes faltos de entusiasmo, facilidad de palabra o atractivo físico, y las calificaciones por debajo de sobresaliente, por considerarlas discriminatorias. El instituto titula a sus alumnos en ESO y LODEMÁSALLÁ independientemente de su género, etnia, credo, extracción social o rendimiento personal. Para los que no quieran viajar a la capital, se ofertan quince grados de formación profesional con éxito laboral garantizado: asesor de evasión fiscal, rufián especialista en trata o madam de casa de tolerancia, monitor de puenting o psicólogo de mascotas, entre otros.


La próxima entrega, de no mediar un ictus, estará dedicada a la Crónica de la parroquia de Nuestra Señora de la Iniquidad. No te la pierdas.
   

viernes, 3 de febrero de 2017

La Entrada Número 600

“¿Y por qué no esperas a la 666? Esa podría ser diabólica.”
“Porque no sé si llegaré.”
“Ya. Se te ve un poco cansado, un poco falto de ideas. Es normal que estés harto de contar siempre las mismas batallitas, todos nos hemos dado cuenta de que cada vez te quedan menos recursos.”


Con amigos como el Resentido, uno no necesita enemigos. Ni siquiera adversarios. De todas maneras, tengo motivos para hacer este hiato: si pretendo seguir publicando con regularidad, como hasta ahora, tendré que ser más escueto. A los quince minutos de estar ante la pantalla, entro en blackout y ya no veo si pongo nata, rata, pata o puta.


¿Había puesto ya esta foto? Uf, no me acuerdo.

Por otra parte, desde mediados de octubre, un robot de búsqueda radicado en los USA me abre, supongo que automáticamente, 30 entradas cada tres o cuatro horas: me infla los números de visitas, pero me deja sin estadísticas útiles sobre los visitantes reales... De nada sirve creer que tengo cerca de 114.000 visitas, si últimamente solo me viene a ver un robot cabrón. Como daño colateral, encima, me llena la sección de comentarios de spam que tengo que eliminar a menudo, deseando que los muertos de los anunciantes sean irrigados con esperma de un babuino lleno de taras genéticas.



¿Ves lo que digo? La primera es de un momento
y la segunda de un día entero. En ésta se
aprecian las "visitas" del robot como picos.

Seiscientos es un número muy redondo y muy bonito. Tiene la friolera de 24 divisores, es decir, se puede repartir de forma exacta entre 1, 2, 3, 4, 5, 6, 8, 10, 12, 15, 20, 24, 25, 30, 40, 50, 60, 75, 100, 120, 150, 200, 300 y 600. Casi nada. Como sé que mi seguidor es un fanático de la aritmética elemental, le voy a poner un problemilla de estos que castigan nuestras reblandecidas neuronas: ¿Cuál es el número de tres cifras que más divisores tiene? ¿Y cuántos hay que tengan más que el 600? Bueno, mientras lo resuelve me voy a jugar al Candy Crush.


600 momentos, 600 intentos, 600 inventos...

jueves, 2 de febrero de 2017

Mamíferos Al Poder 1

De verdad que no tengo nada contra los mamíferos. Algunos, si están bien cocinados, son deliciosos y otros no dejaban de hacer mis delicias en el circo, cuando iba de niño a ese festivo y maloliente espectáculo, del que he disfrutado siempre más que, por ejemplo, de las óperas de Wagner.

Si los citados mamíferos son antropomorfos, ya me producen un poco más de desagrado. Un amigo, animalista como él solo, me calienta siempre los cascos con estas baratijas ideológicas que hoy están tan de moda: al menos los grandes simios, dice, deberían tener los mismos derechos que los seres humanos; si estás en contra de esto, dice, no distas mucho de los racistas del siglo pasado. Como no me gusta discutir con iluminados, le contesto que de acuerdo y que, en todo caso, me gustaría ver la cara que pone cuando se entere de que un orangután comparte pupitre en la escuela con su hija, o cuando él sea ingresado en el hospital con neumonía y comparta habitación con una familia de amistosos gorilas, con derecho a la mejor sanidad pública del mundo.



Por mi parte, me entero con desazón de que en muchas localidades han prohibido o estudian prohibir el uso de animales no humanos en los espectáculos circenses, con la encomiable determinación de evitar el maltrato y las vejaciones que los pobres bichos sufren para recreo de niños malcriados, que son siempre los de los demás.


No es que yo sea partidario, en modo alguno, de dicho maltrato o, al menos, del que se produce de forma gratuita, pero déjame expresar un desacuerdo absoluto de raíz democrática. Si el preboste o el prócer de turno se siente conmovido y horrorizado por el espectáculo de un domador blandiendo el látigo, lo que podría hacer es no acudir él mismo a un espectáculo que le parece tan denigrante, ya que su sensibilidad se resiente. Sin embargo no entiendo por qué debería prohibírnoslo a los demás. No te gusta el rock: no vayas a los conciertos, pero no me vengas conque es una música denigrante y hace sufrir a los oídos.


Lo mismo el fulano, en su furia defensora de la biosfera, un día prohíbe la pesca del mejillón, conmovido por el padecimiento de los pobres moluscos, sometidos a la agresión de la salsa picante, o se preocupa por las desdichadas ubres de las vacas y tengo que echar yeso en el café del desayuno. Hasta ahora tenía entendido que se legislaba para la protección de los seres humanos y sólo éstos eran sujetos de derechos, pero un concejal de mi pueblo ha decidido ya que representa a las cebras. O a los buitres.


Por no hablar de la tauromaquia: hombre, si rejonearan a un conseller en cap o le pusieran banderillas a un indigente, sí, uniría mi voz a la protesta general contra la barbarie...



Mi amigo el Resentido, que me está observando con desaprobación, me sugiere que deje ya de largar, no sin antes hacerme saber que su mamífero favorito es Scarlett Johansson y los mamíferos a los que más detesta son nuestros gobernantes, preferencias estas que me hace consignar, pese a que le advierto que no le interesan a nadie.
Pero él es muy cabezón.



Termino con una breve reseña acerca de un mamífero sorprendente y desconocido para mí hasta hace unos meses. Lo nombra Sheldon en The Big Bang Theory. “¿Sabéis cuál es el roedor más grande que existe? El carpincho.” Me hizo gracia y lo busqué en Google, hasta dar con una especie de hámster del tamaño de un cerdo adulto. A mí me parece un tanto temible, aunque dicen que es muy sosegado, de modo que algunos lo acogen como mascota y declaran estar encantados. Por mi parte no dejo de pensar que, como todo roedor, será voraz y un dispensador de cerullos al por mayor.

lunes, 16 de enero de 2017

Falcó - Arturo Pérez-Reverte

Me pregunto qué me trae a comentar y recomendar el último libro de un autor tan conocido y tan consagrado. No lo haría de no estar absolutamente convencido de la inutilidad de este blog y si no fuera porque me ha tocado un enigmático resorte, uno que me ha hecho aflorar en la conciencia libros olvidados de aventuras o historias gráficas que leí hace muchísimo tiempo (¿Hazañas bélicas? ¿Roberto Alcázar y Pedrín?).

La historia la escriben los vencedores. Menos en el caso de la Guerra Civil Española, escrita con inaudito triunfalismo por los cruzados victoriosos hasta 1975 y por los vencidos a partir de entonces, en un giro copernicano culminante en la famosa ley de Memoria Histórica que, si no lo he entendido mal, pretende suprimir de la memoria a los antiguos supresores, enalteciendo a los otrora suprimidos, para que las cosas le queden finalmente claras a todo el mundo y no sólo a determinadas mayorías sociales.


Sé que lo hago un poco confuso, pero desde hace algunos años, se substancia de una manera muy simple: nadie de los que combatieron o participaron del lado franquista, lo apoyaron, justificaron  o reconocieron de cualquier modo (por ejemplo, Estados Unidos), merece formar parte de la especie humana. Como mucho, de la de algún tipo de invertebrado particularmente repugnante. Y no deja de resultarme curioso, habiendo nacido a comienzos de los cincuenta y teniendo una memoria más experiencial que histórica, lo que escaseaba la gente contraria a la dictadura, por lo menos hasta 1972... Aunque no está en mi ánimo ahora hablar de una nación entera de colaboracionistas, o en todo caso, adeptos forzosos, ¿no?


Portada de la novela

Bueno, pues este muy prolífico autor, académico, novelista y reportero, D. Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) que, a veces, confundo con una especie de Galdós de una época, la nuestra, tan escasa en próceres, ha optado una vez más por tocarle los huevos a todo aquél dispuesto a ofenderse con facilidad y, vestido con el traje de faenar polémicas, se ha marcado una novela de intriga y espionaje en la que “el bueno”, “el chico”, es un agente de aquellos nauseabundos fascistas. Y encima, en formato best-seller: un artefacto de sobresaliente eficiencia narrativa que, imagino, habrá funcionado muy bien en las librerías.


Además el personaje, Lorenzo Falcó, tiene un toque peculiar con el que puede empatizar un gran número de lectores de este suelo patrio, si tal grupo existiere. Aunque no es particularmente original, pues estos antihéroes desencantados, hedonistas y cínicos, con un pasado turbulento y una ética propia muy rigurosa, proliferan en abundancia en la novela negra o en el comic adulto, este baranda no deja de ser un hallazgo muy eficaz. Muy probablemente habrá secuelas (y ojala el nivel de entretenimiento y emoción nos brinde tan buenos ratos como en el caso presente).


La acción tiene lugar en la Salamanca franquista y en Cartagena y Alicante en la zona republicana, a finales de verano o principios de otoño de 1936. La guerra ha estallado hace pocos meses y la visión que presenta la novela de ambas retaguardias, la “roja” y la “nacional”, no puede ser más desalentadora y poco edificante. El encargo que recibe Falcó, como agente del servicio de inteligencia franquista, es el de coordinar fuerzas, tanto propias como quintacolumnistas, para liberar a José Antonio Primo de Rivera, jefe de la Falange y preso en la prisión de Alicante. Esto le ocasionará grandes dolores de cabeza y un elevado consumo de cafiaspirinas. En una línea argumental próxima a la de “El espía que surgió del frío” de Le Carré, la misión no es lo que parece, los amigos y enemigos no son quienes aparentan y, para acabar de complicarlo todo, grandes dosis de amor, violencia, traición y venganza. Un thriller en toda regla.


El objetivo: la prisión de Alicante

Quizá he leído demasiadas novelas de éste género, pero llegado a poco más de la mitad, ya fui capaz de olerme la tostada por completo. Tampoco hace falta ser muy perspicaz y ayuda bastante el hecho de que, como cualquier lector sabrá, José Antonio no fue liberado de la prisión de Alicante por la acción de ningún comando de sus correligionarios. ¿Importa que veas venir lo que va a pasar? Para nada. El texto, muy fluido y austero, es una absoluta lección magistral de eficiencia narrativa. Hasta los tópicos, que los hay en abundancia, dosificados con una sabiduría desarmante, se ponen al servicio de la eficacia implacable con la que el texto se construye para ser devorado con avidez hasta su consumación.


Como literatura de entretenimiento, raya en lo impecable: el ritmo es muy mantenido, los personajes característicos se arman llenos de guiños a lo que ya conocemos de la trágica historia y la visión, más que políticamente incorrecta, despiadada de las causas enfrentadas en la contienda, provoca un regocijo adicional en el lector malvado que llevamos dentro. El único inconveniente que le he encontrado es que se hace un poco corta, como una película a la que le faltara metraje: algunas cosas se apuntan y quedan en el aire... Por ejemplo: ¿se ligará Falcó alguna vez a la muy deseable Chesca Prieto?


Arturo Pérez-Reverte. El autor ante el espejo

Abusaré de tu paciencia transcribiendo un pasaje descriptivo, en el que el autor sabe sacar un inusitado brillo de escenarios muy trillados:


“Una orquesta militar tocaba Suspiros de España cuando Lorenzo Falcó se adentró en el salón. El patio cubierto del Casino, situado en un palacio del siglo XVI, estaba iluminado con un esplendor que desmentía la austera economía de guerra predicada por los mandos nacionales. Como esperaba, vio muchos uniformes, correajes, botas lustradas y relucientes fundas de pistola coquetamente llevadas al cinto por sus propietarios. Los militares, observó, eran en su mayor parte de graduaciones superiores, de capitán para arriba, y casi todos lucían insignias de Estado Mayor o Intendencia, aunque no faltaban algún brazo en cabestrillo y condecoraciones recientes, ganadas en el campo de batalla durante aquellos días en que los periódicos venían llenos de noticias bélicas y los combates en torno a Madrid se desarrollaban con extrema dureza. Sin embargo, pese a esos recordatorios, a los uniformes y al toque marcial de la concurrencia, todo parecía demasiado lejos del frente. Las señoras, aún con el recato que se había puesto de moda en el bando nacional —la mujer como ser delicado, sostén del combatiente, novia, esposa y madre—, iban bien vestidas, con elegancia propia de las revistas de moda más actuales, y alguna de ellas se las ingeniaba para combinar de modo eficaz las nuevas orientaciones morales con el atractivo de su sexo. En cuanto a los hombres, aparte de los uniformes se veían algunos smokings más o menos correctos y muchos trajes oscuros, varios de ellos con la camisa azul de Falange y corbata negra. Había rumor de conversaciones, camareros militares de chaquetilla blanca circulando con bandejas llenas de bebidas, y una tabla de bar al fondo, en el lado opuesto a la orquesta. Nadie bailaba.”


¿A que parece que te encuentras allí?


Falcómic

martes, 10 de enero de 2017

Los Chicos Con Las Chicas - Los Bravos

Los Bravos, qué fenómeno. Entre los 15 y los 18 años yo era muy fan de este entonces famosísimo grupo musical español. Ahora los oigo y me cuesta comprender qué veía en ellos o en su música. “Ya, es que no eres precisamente joven”, me advierte mi conciencia, aunque bueno, escucho a The Kinks, coetáneos de aquéllos y comprendo perfectamente qué me atraía y me sigue atrayendo de muchísimos grupos de los sesenta. Claro que en España vivíamos todavía un suntuoso subdesarrollo y no había aquí conjuntos como para tirar cohetes. Los Bravos jugaban la baza de ser simpáticos, su música era desenfadada y vigorosa y el vocalista tenía aquello que todos los muchachos de entonces envidiábamos.


Vi la película “Los chicos con las chicas” en el cine de mi pueblo y era, por aquellos años, el epítome glorioso de nuestros deseos, anhelos y fabulaciones. La encontré ayer en un disco duro consagrado a la piratería y la he vuelto a ver, no sé si para reírme de aquél que solía ser hace casi medio siglo, o para pasar vergüenza ajena con la caspa que podía llegar a rezumar un producto de aquella época, hoy considerada hedionda.



El caso es que no me ha ocurrido ni una cosa ni otra... No diré que me he topado con la sorpresa de una buena película, porque no lo es ni de lejos, pero no ha dejado de hacerme gracia el paradigma de la dictadura franquista que se escenifica en su factura, en general algo torpe, premiosa e ingenua, aunque claro, el público al que iba dirigida babeábamos de lo lindo con aquella parafernalia “moderna”.



Mediante una imagen clara y aseada, con influencias opart y psicodélicas (hay hasta coloridas escenas de animación) planeando sobre imágenes y escenarios definitivamente rancios, se arma un vehículo de promoción de un grupo de pop orientado a nenas... Entre cancioncilla y cancioncilla, mal que bien implementadas en la trama, se desarrolla una historia que, pretendiendo y casi logrando no tener ni pies ni cabeza, levanta una alegoría de cómo iba a terminar la dictadura: desarticulada por los cambios de percepción y de sensibilidad, arrastrada por la vorágine de los nuevos tiempos.


Expresar que el guion es una sucesión de chorradas es un elogio que no le hace justicia: los cinco miembros de un conjunto famoso huyen de sus compromisos y se toman un asueto, practicando una versión especialmente cutre de la acampada campestre, en uno de nuestros amenos secarrales. Se topan con un grupo de colegialas jovencitas y las siguen. Su vocalista, Mike, se enamora al primer vistazo de una de ellas, la de aspecto más pazguato.



Al día siguiente, Mike acude al internado, donde las niñas viven en un régimen de aparatosa y trasnochada disciplina, bajo la férula de unas profesoras a cuál más arpía, pero en lugar de llamar a la policía y hacerlo detener por pederasta, como ocurriría en nuestros días, ¡lo nombran profesor de música! El caso es que los otros cuatro integrantes del grupo, buscando a su líder y poniendo en práctica ardides a cuál más insensato y ridículo, logran infiltrarse en la vetusta y honorable institución, burlando su estricta normativa con ayuda del nieto del Filántropo o fundador de esta especie de colegio/penitenciaría. A partir de aquí, no sólo Mike y su enamorada harán manitas siempre que les plazca, evidenciando que la vigilancia en el centro es fácil de burlar, sino que entre todos pondrán cabeza abajo la, de tan respetable, grotesca institución. Aquí tienes la apoteosis final, con la canción/declaración de intenciones “Los chicos con las chicas” que da fin al alocado film (que podía haber ganado el Oscar a la candidez):



Los sensacionales Tip y Coll, Lola Gaos, Manolo Gómez Bur y una plana mayor de primeros actores y actrices del cine cómico español del momento, casi logran dar vida a la endeble trama y encubrir las escasas dotes interpretativas del grupo: un muy hierático Mike y el resto de los músicos haciendo patéticos esfuerzos para parecer graciosos y desenvueltos.


Dirige este inefable artefacto Javier Aguirre, que también firmó “Una vez al año ser hippie no hace daño” y las películas de los memorables Parchís, ahí es nada.



Por aquella época fui testigo de un concierto del grupo en la Plaza de Toros de Zaragoza. Compartían cartel con Manolo Escobar, motivo por el cual, una de mis tías se avino a acompañarme. Tras el concierto de la banda, me dijo no sin razón: “para Bravos, los que hemos aguantado aquí”. En aquélla ocasión, los chicos (sin las chicas) estaban (¿o habían estado?) embarcados en una de las más sórdidas maniobras de marketing que yo he conocido en mi vida: su teclista, Manuel Fernández, se había suicidado, creo que disparándose con una escopeta y, el resto del grupo anunciaron que contratarían a otro teclista, uno de mucho relieve que, cuando llegaran sus primeras actuaciones, tocaría con la cabeza oculta en una capucha. El espectador que adivinara el nombre del encapuchado, ganaría el premio de acompañar durante una gira a su conjunto preferido, o sea, a los Bravos, que así se anticipaba a la moda de los conjuntos siniestros, estilo The Cure, puedes no creerlo, pero es cierto.