viernes, 15 de febrero de 2013

Los Derechos De Los Animales

Ahora resulta que nos hemos vuelto budistas tibetanos o algo así. Si no, ¿cómo se explica el revuelo producido por el diputado de UPyD Toni Cantó? Ayer escuchaba algunos cloqueos radiofónicos de indignación: aireaban la cacofonía desatada en Twitter con el tema de los derechos de los animales y la crueldad y bajeza moral del citado representante político. La intervención del señor Cantó se produce en el marco de un debate parlamentario entre taurinos y antitaurinos. Por parte de estos últimos interviene el señor Alfred Bosch quien, con un comedimiento que me sorprende, apela a la sensibilidad de sus señorías para que espectáculos tan crueles sean prohibidos. La intervención (favorable a los taurinos) del diputado Cantó me sorprende aún más, sobre todo en sus desmedidas repercusiones. El señor Cantó no dice, en su intervención, nada que no deba saber un estudiante de cuarto de Secundaria para aprobar la asignatura de Ética. Me causa perplejidad que les suelte semejante rollo a sus señorías, que ya deben de estar de vuelta de tal catálogo de obviedades, fundadas en que, por supuesto, un animal no es sujeto de derechos.

Pero, ay, nuestro hombre no contaba con el nuevo integrismo triunfante en algunos países desarrollados y en España: los ciudadanos del animalismo militante que lo han puesto a bajar de un burro. Y eso que, en su discurso, queda muy claramente remarcado, siguiendo al filósofo Savater, que el maltrato a los animales es denigrante y rebaja moralmente a aquél que lo ejerce. Pero como si no, Cantó ha sido insultado escarnecido y denigrado por los representantes de los animales y sus derechos, que conforman, a día de hoy, un vociferante grupo de presión de sorprendente fuerza.
Su "libertad" es su naturaleza, no el ejercicio de un derecho
Evidentemente, nadie en su sano juicio expresaría una opinión favorable al maltrato de los animales, el debate taurino es perfectamente legítimo pues, y es por completo explicable que mucha gente profese cariño a sus animales de compañía, hoy llamados mascotas, no es de esto de lo que quiero hablar.
Lo que en mi molesta (modesta) opinión es una broma (siniestra, en un país donde a los derechos humanos aún les queda un largo recorrido de aplicación), es que se equiparen animales y seres humanos en un plano de igualdad que, a mí me confunde y me irrita. Lo expresaré así: cuando se habla de los derechos de los animales, estableciendo esa imposible equivalencia jurídica con los de las personas, o se está haciendo un fraude y esos derechos comunes reconocidos son, una vez más papel mojado, derechos devaluados tan universales como inefectivos o, peor aún, los integristas del animalismo están hablando en serio y entonces un orangután puede ser el compañero de pupitre de tu hijo y en la cama de al lado, en el hospital de la seguridad social, tendrás a un mandril convaleciente de una flebitis, al que habrá venido a ver toda su familia. Un chimpancé, abogado del colectivo de cerdos, te pondrá una demanda por todos los bocadillos de jamón que te has comido y el representante de los mosquitos, un loro muy parlanchín, comandará una moción en el parlamento para prohibir la fabricación de insecticidas. ¿Y el derecho de las ratas a una alcantarilla digna? Las moscas, por número, ganarán siempre las elecciones, con un programa basado en la creación de más montones de estiércol. En resumen: hay quien ejercita el derecho a estar zumbado.
Las hormigas tomando un café en la oficina

Tengo entendido que los más puristas del budismo sólo se alimentan de los frutos que se desprenden y caen de las plantas, barren el camino delante de su paso, para ahuyentar las hormigas, evitando pisarlas y, cuando construyen una cabaña o un templo, remueven la tierra que extraen manualmente para hacer los cimientos, con el fin de poner a salvo cochinillas y lombrices. Todo ello como fruto de un respeto radical por lo que está vivo y merece conservarse vivo. Con personas de esta condición sí que valdría la pena debatir, siempre que no quisieran imponer su creencia, sino llevarla a cabo como camino individual, pero con los mencionados animalistas modernos la cosa es más difícil, dada su falta de coherencia. Para empezar, no todos los animales gozan para ellos del mismo respeto y de los mismos derechos, no. También entre los animales hay clases. Tarde o temprano ponen una barrera de exclusión, porque si no tendrían la casa llena de cucarachas y el pubis lleno de ladillas. O sea, buena parte de los insectos quedan excluidos. Tampoco abanderan el derecho de los tiburones y las medusas a agredir bañistas. Al final se quedan solo con los animales más antropomorfos, como con un espejo en que mirarse. Diógenes el cínico cuentan que decía: “más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”. No es sabiduría. Es un caso clínico. Le aquejaba la imposibilidad de amar a los seres humanos con los que se relacionaba. Yo, a veces, he querido ser un perro, porque los derechos y las obligaciones de un ser humano son una durísima carga (y ahora queremos acabar de joder a los animales con ella).

Acabo y confío que no haya que cambiar el dicho del sabio antiguo por este otro: “El pulpo es la medida de todas las cosas”.

 
Y aquí tenemos al bravo e incomprendido diputado Cantó.

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