lunes, 21 de julio de 2014

La Realización Del Ser Humano

Una de las más enojosas tareas encomendadas al ser humano es la de realizarse, la de alcanzar el cumplimiento de unos fines o de unos objetivos durante su azarosa existencia. Uno tendería de natural a tumbarse al sol y rascarse ciertas partes de su anatomía, como hace, pongamos por ejemplo, un gato. Pero no señor: fuerzas sobrenaturales, si uno cree en ellas, y exigencias culturales y sociales lo atosigan a uno con ese ansia equívoca y, a la postre, aniquiladora que es realizarse.

Dejaré de lado tanto la concepción religiosa que no me interesa, como las concepciones vulgares en mi ámbito histórico y socioeconómico, desde las del triunfo, ser el número uno, alcanzar el éxito, el afán de superación, no ser un perdedor… hasta las de andar montado en el dólar, tanto ganas, tanto vales y similares, finalizando con la más obvia y tontorrona de todas: sé tú mismo (no tienes más remedio que ser tú mismo, lo cual, a veces, es devastador).

 
Cuando empecé a estudiar filosofía (porque era materia obligatoria), un profesor de esos que un adolescente tiene, a veces, la suerte de toparse, entre otras muchísimas martingalas, nos dio a conocer una sencillísima receta que, ahora mismo, he olvidado a quién se atribuye, tal vez al poeta cubano José Martí o al profeta Mahoma. Me inclino más por este último, que urdió una religión entera a base de sencillas recetas: no comes jamón y el dios que ha tenido la ocurrencia de prohibírtelo, se pone orgulloso con tu conducta, ya te digo.

Bueno pues, según Mahoma o algún otro iluminado, un hombre, para realizarse, tiene que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. A la que haces estas tres cosas, ya te puedes morir en paz porque has cumplido lo que de ti, como ser humano, se esperaba. Las bondades de plantar un árbol parecen indiscutibles, al menos, en la cultura en la que estamos inmersos. Las de tener un hijo que puede ser un desastre (y en plena explosión demográfica) o escribir un libro, habiendo tantos que nadie lee, ya son más discutibles, pero al menos esta concepción marca un camino, ya que los bípedos implumes venimos al mundo sin manual de instrucciones. Otros bichejos traen las normas que regirán su existencia marcadas en su código genético y además, si fracasan, nadie se llevará las manos a la cabeza. Justo a nosotros tenía que tocarnos esta indefinición en nuestra existencia: no me extraña que haya tantos nacionalistas radicales, tantos fanáticos religiosos, tantos pirados de la gastronomía, tantos hinchas violentos y tantos acaparadores insolidarios.

Porque lo que ocurre es que los objetivos mínimos de realización humana son exigentes y complejos. No sólo es plantar un árbol: hay que regarlo, cuidarlo, podarlo y tardas un montón de años en verlo fructificar, encontrarlo lo bastante frondoso como para cobijarte en su sombra, o tenerlo listo para la sierra que lo convertirá en muebles de diseño. Lo del hijo es aún más difícil, criar es una tarea tan sacrificada como desalentadora. Y ya no te digo nada de haber escrito un libro, sudando tinta durante interminables horas, e ir a llamar a la puerta de editor tras editor, que te dan con ella en las narices.

Es por esto que, apiadado de nuestro cruel destino y teniendo en cuenta los ideales democráticos por los que todos tenemos derecho al máximo resultado sin esfuerzo, propongo, para quien quiera servirse de ella, una receta de realización humana mucho más sencilla y menos exigente que, a no dudar, confortará muchos espíritus pusilánimes como ha hecho con el mío: para cumplir la labor de un hombre solo es necesario

ESCRIBIR UN ÁRBOL,

 
TENER UN LIBRO

Y PLANTAR UN HIJO.

Si así se hace la vida más sencilla, disfrutémosla ajenos a cualquier otra preocupación.
 
De nada.
 

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