martes, 2 de diciembre de 2014

El Hombre Calvo De La Motocicleta A Cuadros

El hombre calvo de la motocicleta a cuadros paró ante los batientes del Poliamida 4, que aquel invierno era el bar videomusical de moda en nuestro barrio, cuando ya se había pasado el furor del Perfidia y casi nadie acudía por el Serampor. Las noches de Babilonia se teñían de una neblina gris rojiza con una consistencia a medio camino entre un vaho alquitranado y una grasienta telaraña incorpórea y los escasos transeúntes, ateridos de frío e intimidados por lo amenazador de la basca trasnochadora, navegaban como cometas negros pegados al suelo, buscando protección en los cubos de basura volcados a modo de barricadas, intentando pasar desapercibidos a fuerza de cobijar sus encorvadas y entecas figuras en uno y otro montón de detritus desparramados.

El hombre calvo aproximó la motocicleta a cuadros a uno de los sauces llorones con que el ayuntamiento ecologista conservador había tenido a bien engalanar la calle y, sacando una cadena herrumbrosa y un candado, ató la moto al árbol y, sin quitarse el casco, entró en el Poliamida 4. Un espeso tufo malva tapizaba la atmósfera del local y el hombre calvo con casco pensó en lo mucho que odiaba los cigarrillos afrodisiacos con aroma de sándalo que se fumaban en todos los antros que frecuentaba por aquel entonces. El Poliamida 4 era un tugurio pequeño, mal ventilado y peor iluminado, donde pacían, noche tras noche, medio centenar de tediosos exquisitos en torno a ocho o diez mesas de vinilo turquesa. Lo más infecto de la música tecno aplanaba a la concurrencia desde unos bafles que vomitaban decibelios a chorros y en una gigantesca pantalla de vídeo, alternaban con artificial naturalidad, imágenes de porno duro con las de ceremonias tántricas, carreras de fórmula 1 y ballets balineses.

 
En aquel local todos se conocían de vista y se vituperaban de referencias. El hombre calvo del casco les era vagamente familiar y lo etiquetaban como un hortera a la caza de un ligue ocasional con el que pasar la noche, cosa que, evidentemente, no conseguía las más de las noches. Esta vez se dirigió a una de las mesas, donde el Pederasta Macrobiótico, otro de los habituales del lugar, aleccionaba con ternura a unas titis jovencitas que iban vestidas y maquilladas al último grito: batas amplias de arpillera violeta y con un lado del rostro pintado de blanco fosforescente y el otro de pálido bermellón, envueltos los cortísimos cabellos con un tul salpicado de lentejuelas plateadas.

El hombre calvo del casco saludó a los allí presentes con un tímido estertor que nadie se molestó en contestar y tomó asiento en un puf de plástico esponjoso que había vacante. Meditó brevemente entre sacarse el casco y exponer su calva de vituperable carrozón a la concurrencia, o quedarse con él puesto y estar como un mueble, sin enterarse de la conversación y sin poder terciar. Optó por lo primero.

Sin casco ya, se acercó un momento a la barra y pidió menta con orujo. Provisto del cilindro esmeralda de bebida, el hombre calvo volvió al sitio a tiempo de escuchar al Pederasta Macrobiótico que se expresaba, con voz de cascabel, en estos términos:

 
 - Hay que desterrar el hedonismo estéril que nos corroe… Es que vosotras sois unas jóvenes jabatas que no pensáis más que en el placer de los sentidos y por ese camino ¿a dónde llegáis? U os quedáis en un sentimiento lúdico y pueril de la existencia, o llegáis al hastío, a la profunda insatisfacción que creéis emanada de aquello que os rodea. Todo lo vinculado con el placer, con las sensaciones agradables, es muy limitado. Si es hasta reiterativo: comer, beber, follar, fumar… Las sensaciones nuevas se agotan enseguida y se desemboca en un insondable aburrimiento. Un muermo fatal que los ingleses llaman spleen y que es como un fastidio mortal por el hecho de tener que vivir… Es que vosotras sois muy jóvenes y no habéis agotado todas las posibilidades de gozar de manera irresponsable. Pero luego sólo queda un poso amargo y una sensación de vacío y piensas que no es así como tenías que haber orientado tu vida, que debe de haber otra cosa. Ya vendréis a verme dentro de ocho o diez años, cuando estéis ahítas de gozar por todas partes, por los ojos, por la boca, por el chocho, por el culo, por los oídos, por la nariz, por las yemas de los dedos… Cuando estéis hartas de viajes, de bailes, de ligues, de fiestas, de camas, de música, de perfumes, de palabras… Cuando estéis hasta la coronilla y os parezca que no queda ninguna ventana por abrir, vendréis a Macro y le diréis ¿qué hacemos ahora? Ahora que ya pasamos de todo, porque todo lo hemos probado en exceso y nos disgusta, ¿qué hacemos ya con esta jodida vida tan tempranamente gastada? Estamos quemadas de tanto disfrutar y, sin embargo, frustradas, descorazonadas: buscábamos algo y no era esto. Y yo os diré: es tarde, tarde. Vuestro tren ha pasado ya, lo habéis perdido, habéis perdido la ocasión de adentraros por unas vivencias más sencillas, menos congestionadas; habéis perdido la ocasión de ser simples, diáfanas, elementales… Habéis querido hacer de la vida una aventura en la que ser las protagonistas, las primeras estrellas, y os ha salido un burdo y cansino estereotipo, un cliché gastado por el que nadie daría ni dos duros. Eso es lo que os dirá Macro, habéis consumido placeres en exceso y sois unas viejas prematuras, si estáis hartas, jalaros un bote de arsénico…

 - Escucha, Macrobiótico, - interrumpió una de las titis, de bellos ojos escarlata. – Nos estás liando de pésima manera. Hay tíos y tías, no ya jóvenes, sino muy carrozones, que no paran de gozarla, o por lo menos de intentarlo, y no están ni mucho menos hartos de la movida, se les ven unas ganas de marcha que para qué. Y si no mírate tú, aquí, el amigo de la calva…

 - Yo soy Aries – dijo el hombre calvo del vaso de menta con orujo.

A lo que yo me refiero, - cortó el Pederasta Macrobiótico – no es a la experiencia personal y vivencial de un cabeza de tiesto servil y aborregado, que es lo que más abunda por ahí, de la misma forma que la sardina, el jurel y la caballa son lo que más abunda en el mar y, para encontrar un pez-joya, tienes que bucear leguas y leguas. A vosotras os adjudico el tratamiento de peces-joya que, traducido a personas, significa seres conscientes de sus aspiraciones y de sus fronteras, de sus sueños y…

Un rubio macilento y malcarado, con una chupa de plástico negro y unos pantalones burdeos muy ceñidos, interrumpió en su discurso al Pederasta Macrobiótico:

 - Oye, ¿tú vendes droga?

 - Espérame dentro de diez minutos en los servicios de caballeros, – respondió éste bajando la voz. Y luego de que el rubio se fue con paso inseguro, miró con arrobo a su esbelto auditorio y prosiguió con su obvio palique: – Seres conscientes de sus sueños y de sus realidades ¿Qué me importa a mí que un alcornoque con patas corra toda su vida en pos de goces primarios y materiales, sin saciarse jamás? Yo no os pongo en esa órbita. Al atribuiros la capacidad de sentiros asqueadas, de que llegue un día que digáis: bueno, basta, ya he bebido en todas las fuentes, ya he llamado en todas las puertas, ya he perseguido todas las quimeras, ¿y ahora qué? Os estoy brindando la posibilidad de saber que, de algún modo, os lo podéis hacer de otra manera, mejor, más sano, más barato en desengaños… Trato de abriros los ojos a una manera de ver las cosas que es más incómoda, menos confortable, que requiere más esfuerzo y una vigilancia constante; pero que a la larga es más gratificante, más constructiva, responsable y creativa… Y espero con toda mi alma que rechacéis el ofrecimiento, porque ¿qué esperáis? ¿Qué os marque la senda? No, hombre, no. El tiempo de los profetas ya se ha pasado y yo no soy ni un facha, ni un catequista, ni un revolucionario, ni un vendedor de recetas… No os voy a decir el camino por la puñetera razón de que no lo sé yo. Y aparte, que el mismo camino no sirve para todos los transeúntes, no, qué coño va a servir. Yo tengo el mío propio y, a lo mejor, te metes tú por ahí y coges un rollo fatal, quién sabe, si yo no sé más que cuatro vaguedades. Lo único que tengo por cierto es que cada uno tiene su propia estrategia, visible para él mismo y que las estrategias, los caminos, convergen en una cierta realización de la unidad…

 
 - Pero tío, - terció la misma titi de antes – quién nos dice a nosotras que eso que nos estás largando, no es un rollo patatero que te acabas de aprender en un libro que se te ha empachado. ¿Y vamos a dejar de buscarnos satisfacción y compensaciones en la vida por culpa de una intuición mal parida, que luego igual resulta que es una basura como lo de la política?

La tía tenía unas pestañas larguísimas, por lo menos cuatro dedos de pestañas y, cuando hablaba, le subía y le bajaba el pecho, los pechos, unos pechos que debían ser elásticos y prietos como pelotas de tenis…

 - A mí me gusta mucho jugar al tenis – expresó en voz alta el hombre calvo del vaso de menta con orujo.

 - Bueno, hermosas, ya sé que es difícil convencer con tan pocos argumentos, - dijo Macro, apurando su decimotercer gin-tonic de la velada. - ¿Y qué tal si cambiáramos las posaderas de lugar? Yo ya tengo herrumbre en la rabadilla, quiero estirar las piernas. Por lo menos de aquí al coche, hostia. Lo tengo enfrente, aparcado en doble fila. Ya veréis como está la Urbana haciendo caligrafía. ¿Qué? ¿Os venís al Papáver? Tienen un anisette genial, ¡ah! Y, de paso, os contaré cómo le paré los pies al cátedro de Semiología Paralingüística de la Central, un trosko que no tiene ni media hostia dialéctica, un auténtico calafate, un negro del partido… Bueno, tío, te quedas aquí, ¿no? Vale, pues adiós.

 - Encantado, seño… tías. - Se despidió el hombre calvo. Las amplias batas de arpillera violeta revolotearon ante él. La jovencita de los ojos escarlata y kilométricas pestañas salió con el Pederasta Macrobiótico, que la cogía por los hombros y le decía secretos hilarantes al oído. El hombre calvo apuró su vaso de orujo y menta, sin dejar de mirar a la puerta del local. Dos de las titis que habían asistido a la lección existencial de Macro, hablaban junto a la salida con un mocetón vestido de raso verde. En sus caras había francas sonrisas, mitad blanco, mitad bermellón. Una de ellas tenía los ojos verdes y la otra del color de las amatistas tornasoladas.

 
Cuando se fueron, el hombre calvo se puso el casco integral, despacio, muy despacio, como con infinito cansancio y hastío, por culpa de los goces prolongados y placeres innumerables de su dilatada existencia o, tal vez, por no haber sabido hallar su propio camino.

Un rubio macilento y sudoroso, el de la chupa negra, tampoco sabía encontrar el camino de salida desde los lavabos.

El hombre calvo del casco pensó entonces que, mal que bien, la noche había sido agradable e interesante: había escuchado la charla siempre amena de Macro y había conocido a unas tías muy atractivas, modernas y encantadoras. Sobre todo, una, ¿eh? Qué pestañas y qué mirada. Era sensacional. Y cómo le sentaba la amplia bata violeta de arpillera: si es que hasta le realzaba los atractivos. ¡Y qué personalidad! Cómo sabía hablar y discutir y defender sus puntos de vista…

El hombre calvo del casco salió por los batientes del Poliamida 4 un poco encorvado. El frío de la calle era muy intenso e intuyó que no sería muy agradable ir en moto una noche como ésa. Con lentitud y un extraño azoramiento, desató el candado y puso en marcha el vehículo al segundo intento.

El hombre calvo de la moto a cuadros arrancó y se sumergió en la noche con el peso de mil novecientos ochenta y dos años en los hombros. De trecho en trecho, una farola batallaba con la umbría de los sauces por iluminar la calzada, sin conseguirlo.

Al año siguiente, el ayuntamiento profiláctico progresista talaría los sauces llorones, sustituyéndolos por obeliscos de basalto negro.

   

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