martes, 16 de diciembre de 2014

La Educación Exige Emociones Fuertes

El domingo pasado estaba fabricando Nocilla con mis diversas excrecencias y mirando el internet, por la cosa del fútbol, para ver si de una vez había ganado el Zaragoza, cuando, desde las páginas de El País Digital, me asaltó el típico artículo sobre el mundo educativo donde, como siempre, se combinan con acierto sandez y pensamiento Alicia, pero, aprovechando que hay libertad de expresión de esa, esta vez decidí despacharme a gusto y regalarme un desquite, en plan trol.

Así que transcribo literalmente el articulito de marras, vamos, copiar y pegar, y pongo, entre paréntesis y en rojo, las chorradas y paridas que mi discurso interior, como el Leopold Bloom de Joyce, iba articulando mientras lo leía.

Entre unas cosas y otras, ha quedado un poco largo y, además tengo que añadir una precisión, para que nadie se confunda: si no tuviéramos estas aspiraciones (las reflejadas en el artículo), estaríamos perdidos. Ahora, si sólo tenemos estas aspiraciones y nada más, estamos más perdidos aún: seremos víctimas del enésimo timo…

 
La educación exige emociones  (La Educación, qué emoción.)

El fenómeno es imparable. Los nuevos tiempos exigen desarrollar las capacidades innatas de los niños y cambiar las consignas académicas.

¿Estamos educando a las nuevas generaciones para vivir en un mundo que ya no existe? (No te jode, ¿cómo educas a alguien para vivir en un mundo que aún no existe? ¿Con una bola de cristal?) El sistema pedagógico parece haberse estancado en la era industrial en la que fue diseñado. La consigna respecto al colegio ha venido insistiendo en que hay que “estudiar mucho”, “sacar buenas notas” y, posteriormente, “obtener un título universitario”. Y eso es lo que muchos han procurado hacer. Se creyó que, una vez finalizada la etapa de estudiantes, habría un “empleo fijo” con un “salario estable”.

Pero dado que la realidad laboral ha cambiado, estas consignas académicas han dejado de ser válidas. (Dado que ya no hay “empleos fijos” ni “salarios estables”, la solución connotada en el texto es “estudiar poco”, “sacar malas notas” y “no obtener un título universitario”, solución que los numerosos ninis de nuestro país ya parecen haber ensayado con éxito. Por otra parte hay que hacer notar que para los políticos, me da igual los de la “casta” que los de la “lasciva”, es más fácil tocarles los huevos a los docentes y cambiar el sistema educativo, que tocárselos a financieros y empresarios y cambiar la realidad laboral.) De hecho, se han convertido en un obstáculo que limita las posibilidades profesionales. Y es que las escuelas públicas se crearon en el siglo XIX para convertir a campesinos analfabetos en obreros dóciles, adaptándolos a la función mecánica que iban a desempeñar en las fábricas. Tal como apunta el experto mundial en educación Ken Robinson, “los centros de enseñanza secundaria contemporáneos siguen teniendo muchos paralelismos con las cadenas de montaje, la división del trabajo y la producción en serie impulsadas por Frederick Taylor y Henry Ford”. (Cualquiera que piense esto de nuestras escuelas públicas, no solo es un experto bellaco y un rufián despreciable, es también un experto majadero y un pasmoso ignorante. Además son tipos que luego van y dicen que en Mali, o en Chad, o en Pakistán, los niños carecen de futuro al no recibir una educación como la que aquí disfrutamos, ¿en qué quedamos? ¿Llegamos o nos vamos? Las cadenas de montaje, la división del trabajo y la producción en serie se han deslocalizado y ahora están en China, donde gracias a un paraíso socialista se han obtenido operarios que trabajan veinticinco horas al día por un cuenco de arroz. El día que tomen conciencia y se acabe el chollo, nos encontraremos con que aquí, ni los expertos sabrán hacer los agujeros de las flautas.)

 
Si bien la fórmula pedagógica actual permite que los estudiantes aprendan a leer, escribir y hacer cálculos matemáticos, “la escuela mata nuestra creatividad”. A lo largo del proceso formativo, la gran mayoría pierde la conexión con esta facultad, marginando por completo el espíritu emprendedor. Y como consecuencia, se empiezan a seguir los dictados marcados por la mayoría, un ruido que impide escuchar la propia voz interior. (También puede ocurrir que carezcamos de creatividad, en cuyo caso, la escuela la dejará indemne. Y aunque seguir los dictados de la mayoría es una putada, algunos hemos pasado buena parte de nuestra existencia siguiendo los dictados de una minoría y eso, a lo que llamábamos dictadura, era una putada todavía mayor. En cuanto a la voz interior, mira a ver si la puedes oír con el ruido del tráfico, salao.)

 
 La voz de los adolescentes

“Desde muy pequeño tuve que interrumpir mi educación para empezar a ir a la escuela”
Gabriel García Márquez
(El gran Gabo podía escribir lo que le saliera de la punta del nabo, pero esta cita, interpretada por un cenutrio, le llevará a pensar que él, de no haber sido escolarizado, podía haber sido acreedor al premio Nobel.)

Cada vez más adolescentes sienten que el colegio no les aporta nada útil ni práctico para afrontar los problemas de la vida cotidiana. En vez de plantearles preguntas para que piensen por sí mismos, se limitan a darles respuestas pensadas por otros, tratando de que los alumnos amolden su pensamiento y su comportamiento al canon determinado por el orden social establecido.

 Del mismo modo que la era industrial creó su propia escuela, la era del conocimiento emergente requiere de un nuevo tipo de colegio. Básicamente porque la educación industrial ha quedado desfasada. Sin embargo, actúa como un enfermo terminal que niega su propia enfermedad. Ahogada por la burocracia, la evolución del sistema educativo público llevará mucho tiempo en completarse. Según Robinson, “ahora mismo sigue estando compuesto por tres subsistemas principales: el plan de estudios (lo que el sistema escolar espera que el alumno aprenda), la pedagogía (el método mediante el cual el colegio ayuda a los estudiantes a hacerlo) y la evaluación, que vendría a ser el proceso de medir lo bien que lo están haciendo”.

La mayoría de los movimientos de reforma se centran en el plan de estudios y en la evaluación. Sin embargo, “la educación no necesita que la reformen, sino que la transformen”, concluye este experto. En vez de estandarizar la educación, en la era del conocimiento va a tender a personalizarse. Esencialmente porque uno de los objetivos es que los chavales descubran por sí mismos sus dones y cualidades individuales, así como lo que verdaderamente les apasiona. (Ah, ¿pero el experto no sabe lo que les apasiona a los chavales? Seguramente será que no ha visto ninguno en su puta vida. Le aconsejo que vaya a darles una charla con eso de los valores, la creatividad, la felicidad… Y uno que yo conozco le dirá: ¿me puedes traer una moto que mole y un par de tías guays? Pues no te enrolles…)

En el marco de este nuevo paradigma educativo está emergiendo con fuerza la “educación emocional”. Se trata de un conjunto de enseñanzas, reflexiones, dinámicas, metodologías y herramientas de autoconocimiento diseñadas para potenciar la inteligencia emocional. Es decir, el proceso mental por medio del cual los niños y jóvenes puedan resolver sus problemas y conflictos emocionales por sí mismos, sin intermediarios de ningún tipo.

La base pedagógica de esta educación en auge está inspirada en el trabajo de grandes visionarios del siglo XX como Rudolf Steiner, María Montessori u Ovide Decroly. Todos ellos comparten la visión de que el ser humano nace con un potencial por desarrollar. Y que la función principal del educador es acompañar a los niños en su proceso de aprendizaje, evolución y madurez emocional. En esta misma línea se sitúan los programas de la educación lenta, libre y viva que están consolidándose como propuestas pedagógicas alternativas dentro del sistema. (Ah, lenta, eso es, como decía Bart Simpson, si vamos retrasados, iremos más despacio y así alcanzaremos a los demás. La propuesta alternativa es, pues, vayamos todos retrasados, qué prisa hay, si nadie nos va a emplear, ¿o seremos emprendedores retrasados? O diremos, como el padre de Ralph Wiggum, “sepa que a mi hijo se lo disputan los mejores colegios de educación especial”.) Eso sí, el gran referente del siglo XXI sigue siendo la escuela pública de Finlandia, país que lidera el ranking elaborado por el informe PISA. (Pisha, pásame el infomme!)

 
 ¿Para qué sirve?

“Educar no consiste en llenar un vaso vacío, sino en encender un fuego latente”
Lao Tsé (Admiro al creador del Tao más que a Bisbal, Bustamante y Fernando Alonso juntos, pero aquí he de decir que si el fuego no tiene combustible, el ardor dura menos de un segundo.)

La educación emocional está comprometida con promover entre los jóvenes una serie de valores que permitan a los chavales descubrir su propio valor, pudiendo así aportar lo mejor de sí mismos al servicio de la sociedad. Entre estos destacan: (Atención, como decía mi libro de filosofía de sexto durante la dictadura, después de repasar todas las tendencias del pensamiento, doctrina verdadera, y ponía las chorradas con las que el nacional-catolicismo se solazaba. Ahora viene la parte buena.)

Autoconocimiento. Conocerse a uno mismo es el camino que conduce a saber cuáles son las limitaciones y potencialidades de cada uno, y permite convertirse en la mejor versión de uno mismo.

Responsabilidad. Cada uno de nosotros es la causa de su sufrimiento y de su felicidad. (Ay, y de de los de los demás, ¿por qué te olvidas, perdonavidas? Acaso no oíste hablar de torturadores y terroristas? ¿Nadie te mencionó la exclusión social, experto del huerto?) Asumir la responsabilidad de hacerse cargo de uno mismo en el plano emocional y económico es lo que permite alcanzar la madurez como seres humanos y realizar el propósito de vida que se persiga. (En el plano económico, si heredas caballos de carreras de tu padre, te será fácil, de lo contrario, la escuela viva, libre y lenta, te será poco útil.)

Autoestima. El mundo no se ve como es, sino como es cada uno de quienes lo observan. De ahí que amarse a uno mismo resulte fundamental para construir una percepción más sabia y objetiva de los demás y de la vida, nutriendo el corazón de confianza y valentía para seguir un propio camino. (Me recuerda a la Susanita de Mafalda.)

Felicidad. La felicidad es la verdadera naturaleza (creí que era aspiración, a ver si ahora resulta que tengo derecho a la felicidad y no lo sabía) del ser humano. No tiene nada que ver con lo que se tiene, con lo que se hace ni con lo que se consigue. Es un estado interno que florece de forma natural cuando se logra recuperar el contacto con la auténtica esencia de cada uno.
 

Amor. En la medida que se aprende a ser feliz por uno mismo, de forma natural se empieza a amar a los demás tal como son y a aceptar a la vida tal como es. Así, amar es sinónimo de tolerancia, respeto, compasión, amabilidad y, en definitiva, dar lo mejor de nosotros mismos en cada momento y frente a cualquier situación.

Talento. Todos tenemos un potencial y un talento innato por desarrollar. El centro de la cuestión consiste en atrevernos a escuchar la voz interior, la cual, al ponerla en acción, se convierte en nuestra auténtica vocación. Es decir, aquellas cualidades, fortalezas, ­habilidades y capacidades que permiten emprender una profesión útil, creativa y con sentido.

Bien común. Las personas que han pasado por un profundo proceso de autoconocimiento se las reconoce porque orientan sus motivaciones, decisiones y acciones al bien común de la sociedad. Es decir, aquello que hace a uno mismo y que además hace bien al conjunto de la sociedad, tanto en la forma de ganar como de gastar dinero.(Todo esto, con ser lo menos memo del artículo, tiene un penetrante tufillo de telepredicador la-verdad-está-en-tu-interior, mándame 50 € y te enseñaré a ser tú mismo, o de cursillo para vendedores, estilo norteamericano, “Cómo venderse a sí mismo”, que echa para atrás y además es tan novedoso como el Tupperware, el Avon y similares.) 

 
En vez de seguir condicionando y limitando la mente de las nuevas generaciones, algún día –a lo largo de esta era– los colegios harán algo revolucionario: educar. (Chúpate esa, hasta ahora ¿qué han estado haciendo, el calvo o la peineta?) De forma natural, los niños se convertirán en jóvenes con autoestima (y con automóvil) y confianza en sí mismos. Y estos se volverán adultos conscientes, maduros (¿Cómo el de Venezuela? Ay, mi abuela), responsables y libres, con una noción muy clara de quiénes son y cuál es su propósito en la vida. El rediseño y la transformación del sistema educativo son, sin duda alguna, unos de los grandes desafíos contemporáneos. Que se hagan realidad depende de que padres y educadores se conviertan en el cambio que quieren ver en la educación (sic) .
 

(Para acabar, suena aquella tonadilla de Aladdin: Uun muundo ideaaaal ¡UUUN MUUUNDO IDEEAAAAAAL! y nos cogemos todos de la mano meciéndonos con suavidad en la dulce brisa de diciembre. Ah, los domingos, ¡qué rrrreconfortancia!)

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