domingo, 4 de enero de 2015

Tella Y Sus Ermitas 3 La Virgen De Fajanillas

La tercera (y última, por el momento) de las ermitas situadas en la áspera altiplanicie donde se ubica el pueblo de Tella y su singular circuito devoto-paisajístico, es la conocida con el nombre de la Virgen de Fajanillas. Su forma robusta y maciza, sus líneas achaparradas, el hecho de situarse un tanto apartada de la ruta y de ser la última que se visita, la convierten a mis ignorantes ojos en el patito feo de las tres.
 

Vale que no se halla en una ubicación espectacular, como las dos anteriores, vale que ya está uno cansado de tanta mampostería sacra, pero el sólido edificio no está exento de gracia e interés.
 

 
Por lo pronto es la única que posee una torre que debió hacer las funciones de campanario (y a la que se puede subir). Luego tiene un portal que da acceso inmediato al simulado recinto donde se halla la citada ermita que, de este modo se adorna de una suerte de atrio muy austero.

 
Toda la construcción es austera hasta el desabrimiento. No se permitían aquellos rigurosos montañeses de antaño ningún adorno innecesario, ni frisos ni columnas, ni volutas ni puñetas: recogimiento y devoción a palo seco, que la vida debía de ser muy dura y rigurosa.


 
En el interior vemos un parco altar que alberga una figura, una Virgen con el Niño que, pese a mi exigua astucia, deduzco que se trata de la Virgen de Fajanillas, a quien está dedicado el templo, el origen del cual es, a todas luces, románico, todo lo remodelado y restaurado que queramos imaginar, hasta dejarlo hecho un pincel.

 
En las fotos no se aprecia un ábside cilíndrico tan rechoncho como el resto de la construcción.

Tras la visita, nos encaminamos al pueblo y me sorprende el hallazgo de estos dos carretillos que parece que hubieran sido dispuestos aposta para la visita del fotógrafo.

 
Y aparece ante nosotros el casco urbano de Tella, literalmente cuatro casas rematadas por una iglesia parroquial de agraciada factura. Hay un museo de la brujería que no tuvimos ocasión de visitar: debe abrirse sólo en temporada alta.

 
Esta otra foto la tomé hace varios años, la primera vez que visité este apartado lugar que toca el cielo de varias maneras.

 
Y ello me hace pensar en lo rematadamente dura que debía de ser la vida en este lugar, sujeta a los modos tradicionales, a la economía de subsistencia, al aislamiento y a los rigores del clima, en un pasado que no es tan lejano, no vaya usted a creer: el pueblo, como casi todos los del Sobrarbe, debió caer en el cuasi abandono a partir de 1950. Luego, con el turismo, vendría la recuperación, las rehabilitaciones y unas breves temporadas de llenazo.

Ni siquiera me cuesta creer, ahora calentito en casa, que esté bien nevado y un día de éstos, tú te propongas hacer la ruta de las ermitas con raquetas de nieve. Es lo que está de moda, aunque cada vez nieva menos. Pena.

 
Al bajar, un rellano bastante abierto, alberga el dolmen de Tella, la más antigua construcción de las que he visto por aquí. Su tosca presencia sobrecoge, con el fondo de los acantilados del Castillo Mayor. Una vez estuve en la cima de esa tremenda muralla rocosa, haciendo un cursillo de identificación de plantas silvestres; desde allí, según algunos, la vista alcanzaba hasta Jerusalén.
 

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