jueves, 25 de junio de 2015

La Pequeña Ciudad Episcopal En Tiempos De Los Beatles 40

25. LA ESTACIÓN DE LOS AMORES
No pasó desapercibido a mis compañeros un cierto cambio en mi estado de ánimo, también mis reflejos se habían hecho más espasmódicos y torpes y mis palabras más escasas y lerdas que de costumbre. Cuando Chus me hizo el tercer tanto seguido de saque, observó:

 - ¿Qué te pasa Pinchaúvas? Estás más muermo que de costumbre.

Estábamos jugando al ping pong en una mesa situada en la planta baja del Casino Principal. Se alquilaba por horas, con lo que resultaba un entretenimiento caro y no podía permitirme perder con ellos, pues el que perdía, pagaba y yo llevaba tres pesetas rubias enredadas en el zurcido de los bolsillos, sin contar que ya le debía más de doscientas a Josemari por sus préstamos. Éste, árbitro y único espectador de la contienda, remachó:

 - Lo que le pasa a Pinchi, es que se ha enamorado sin darse cuenta. – Chus me coló un mate inapelable y, fingiendo sorpresa, preguntó:

 - ¡No jodas! ¿Y de quién? ¿No será de la gachí aquella de Sabiñánigo…? Sí hombre, aquella larguirucha que parecía el palo de una escoba… Te tienes que acordar, si era más fea que la portera del infierno ¡La de los pelos de estropajo! Aquella que tenía un nombre tan ridículo…

 - ¿Cuála?

 - ¡¡La Pascuala!!

Y estallaron en risotadas soeces, mientras yo daba con la paleta en la esquina de la mesa, tratando de devolver una pelota que venía con mucho efecto.

 
 - Ey, Pinchi, – continuó Josemari – ojo con cargarte la paleta que la tendremos que pagar, que tú estás tan pobre que no te llegaría ni para comprarte condones para marcharte a ver a tu Pascuala en el coche de línea. No sería una mala idea: vas, te la follas y vuelves en el tren, más sosegado, más centrado y, de paso, te habrás sacudido el muermo.

 - Ya, -terció Chus, mientras estrellaba una certera pelota en el borde esquinado de mi campo – pero a éste no le venden un condón en ninguna farmacia de Jaca, es un puto crío, con cara de crío y minina de crío, aún tiene los huevos con menos pelo que estas pelotas. Y no se te vaya a ocurrir hacerlo sin goma, Pinchaúvas, que le harás un bombo y su padre te la cortará a rodajas.

 - Jezú se lo hizo con Chari Gimeno y, como no tenía condón, se puso una bolsa de pipas. La vació por el suelo con las prisas, dice. Y luego se las comieron juntos… No sé si me lo crea, por supuesto, puede ser uno de los típicos faroles de Jezú. ¡Pinchi! ¡Atiende al juego, coño! – En este momento de la exhortación de Josemari, yo ya había tirado la paleta sobre la mesa y me dirigía, hastiado de sus vulgaridades, a la salida – Eh, Pinchi que te vas sin pagar como de costumbre y además hoy te tocaba apoquinar, que has perdido, rata miserable…

 
Cuando ya salía, Chus me gritó:

 - ¡Acuérdate de que mañana sábado es el día de la función! Y, si ves a la Mejillones, le dices que a las cinco de la tarde, hay ensayo con vestuario y toda la hostia. Mateo y tú tendréis que haber puesto por la mañana la puta tramoya. ¡No sé por qué cojones habéis esperado hasta última hora, me cago en el Copón, si algo sale mal, nos joderemos a base de bien!

Así era Chus: tres matrículas de honor y más malhablado que el herrero de Barós, que herraba las cabalgaduras, ultrajando a la Madre de Dios. Hasta que por su sagrada intercesión, su todopoderoso Hijo hizo que una mula le hundiera la tapa de los sesos de una coz. Cuenta la piadosa leyenda que esto le sirvió de lección, arrepintiéndose y muriendo cristianamente tras apenas setenta y dos horas de agonía.

Pero Chus no escarmentaba y yo demasiado bien sabía que, al día siguiente, sábado 6 de abril, víspera del domingo de Ramos, estrenábamos “El médico a palos” en el salón de actos del instituto ante todo Jaca, es un decir, ante los que cupieran allí y hubieran tenido la decencia de sufragarse una entrada. Si la cosa salía bien y podíamos repetir la función al día siguiente, antes del comienzo de la Semana Santa, sacaríamos una buena pasta y el viaje de estudios nos saldría casi, casi, por la cara. Villalobos había invitado a Nines a venir, en su calidad de primera actriz del reparto, pero su padre se opuso:

 - Bastante reparto ha tenido que dejar de hacer estos días por culpa de la farándula, que se me han echao a perder más de veinte kilos de chicharros frescos – dijo el Congrio -. Además, ¿Qué pinta ella, dígame usté, diez días en un autobús zanganeando con los estudiantes, una recua de gandules de los que no puede salir cosa buena. La chica se queda aquí, que es donde hace falta.

 
Villalobos iba a decirle que el nombre correcto de los “chicharros” es “jureles”, pero se contuvo y el gigante del sanguinolento delantal verde lo despidió con la displicencia que los humildes laboriosos y seguros de sí mismos gastaban con los señoritos.

Así que no vendría Nines y yo tendría ocasión de reflexionar y puede que de más cosas, pero urgía reflexionar sobre el esquinazo definitivo tan largamente postergado.

Ahora, que andaba yo, posiblemente, enamorado de verdad por vez primera, podía comprender mejor su situación: enamorarse no era mirar el muestrario de ganado y elegir a la mejor oveja para hacer una buena pareja. Era algo que venía sin darte cuenta y te atrapaba de modo incondicional sin que te apercibieras de haber hecho una elección de ninguna clase. Así pues, eso le pasaba también a la pobre Nines. Encima con un zascandil que no correspondía a ninguna de sus frecuentes y desinteresadas muestras de afecto. Sin ir más lejos, el otro día se había presentado en mi casa con un abultadísimo cucurucho de papel.

 - Tenga, señora Anacleta, estos chicharros los ha dejado pagados su marido al pasar por delante de la pescadería con el carro del reparto.

No era cierto ni por casualidad: aquél día mi padre había transitado, zorro como un canasto, de la ceca a la meca y, a la compasiva Nines, le había dado lástima y, dado que sabía que el hombre no se acordaría de si había comprado chicharros o la torre Eiffel, ella, por su cuenta y riesgo, decidió mejorar nuestra parva nutrición con el citado ardid. Me estoy refiriendo de este modo al impulso ciego de Nines que, en realidad, no me había escogido, sino que, sencillamente era víctima de la pasión y el impulso más viejos del mundo. Tenía yo la responsabilidad, pues, de terminar con eso cuanto antes.

 
Y la función, sí, fue un exitazo. Salió todo peor que en los ensayos, porque todos estaban más nerviosos. Nines, en su papel de Martina, en uno de sus más airosos mutis, trastabilló y cayó rodando por el escenario, con lo que el público se partió de risa, creyendo que el suceso formaba parte del guion, extremo que la medio maltrecha Martina aprovechó para continuar, un poco renqueante, como si así fuera lo que el autor había determinado como ocurrencia cómica añadida.

El domingo, el salón de actos estaba aún más lleno, hasta Serafín había cerrado el bar para acercarse y, esta vez, todo salió aún peor. Nines se había quedado afónica el día anterior y apenas se la oía, Chus, en su papel de Bartolo, sufrió varios prolongados lapsus después de que un trozo del decorado, malamente sujeto con cinta de embalar, se desprendiera y fuera a dar en su cabeza, justo cuando se había quitado la gorra. El público no se rio ni aplaudió tanto como el día anterior y, al final de la función, estaba en su mayoría entre distraído e inquieto.

Pero lo importante era que ya habían pagado como panolis y nuestro viaje de estudios nos saldría baratísimo, pues las arcas comunes estaban a reventar. Ole por nosotros, hasta los autores del despanzurrado decorado salimos a saludar. El Pirineo Aragonés, nuestro bienquisto periódico local, hizo una larga y elogiosa reseña, aunque casi todo el mérito se le atribuía a Villalobos.  

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario