martes, 15 de agosto de 2017

Franco Battiato - Orizzonti Perduti

En 1985 aún se publicaban en este país una pléyade de revistas musicales de cierta difusión, que los aficionados a los géneros pop, rock y similares, devorábamos, de la primera a la última página, con avidez. En una de esas revistas (¿”Vibraciones”, tal vez?) tuve primera noticia del que se iba a convertir en mi cantautor quinquenal favorito, desbancando a los anglosajones de toda la vida... 

Franco Battiato acababa de publicar en nuestros lares un disco ¡cantando en castellano! vaya ocurrencia extravagante, ya que en tal época cantar en extranjero daba, automáticamente, más prestigio, incluso aunque fuera en italiano, como hubiera sido el caso. El álbum se llamaba “Ecos de danzas sufí”, lo compré en vinilo y lo puse en el plato, vuelta y vuelta, hasta que me lo aprendí de memoria.

Lo cierto es que tuve tiempo de sobra, porque la discografía del siciliano éste empezó a llegar con cuentagotas, pese a que el hombre había alcanzado una popularidad notable: el tema “Centro de gravedad permanente” se llegó a oír hasta en las verbenas de los pueblos en fiestas. Nada en su producción posterior alcanzaría una cima semejante, aunque los que nos habíamos enamorado de su música le fuimos fieles durante décadas de altibajos, incluyendo algún que otro chasco.



La portada del disco

Pues ésta es la nota característica del cantante italiano: una denodada irregularidad, en cualquiera de sus discos suenan las músicas de las esferas, juntas (o revueltas) con las tonadillas más insulsas. Grabación tras grabación, hallamos un par de diamantes, varias perlas y uno o dos cascotes.


Los detractores de su genio lo tildan de cargante, pretencioso, pedantesco y kitsch. Y yo me inclino a darles la razón de forma superficial para llegar al fondo del asunto, donde estos caracteres se vuelven del revés, como un calcetín, para mostrar tales etiquetados convertidos en raras y poderosas virtudes, en méritos líricos y musicales incuestionables. Las letras están llenas de aforismos y citas cultas y saltan de la sátira a la metafísica, de lo sarcástico a lo trascendente, de lo íntimo a lo universal con una vivacidad que burla cualquier rigor. Una voz templada e inconfundible, asentada en la mejor tradición de la música ligera italiana, sobrevuela en un registro agudo y contenido unos arreglos siempre muy esquemáticos y de marcado tinte electrónico tan pasado de moda, que su atractivo se renueva por el otro extremo. Ya está. La magia funciona casi siempre.




Sus discos, entre 1979 y 1988 son, prácticamente todos, una yuxtaposición de delicias puras. A partir de los 90, reaparecen los momentos de esplendor más aislados y su popularidad se refugia en los incondicionales, entre los que me cuento. He visto su directo dos veces memorables en Barcelona (en la Plaza de la Catedral y en la nave de Zeleste, en ambas ocasiones le acompañó un notable éxito y a mí se me hizo el culo agua de limón).



Battiato en 2012. Tempus fugit

“Orizzonti Perduti”, he seleccionado este disco por tres motivos:

 1. Es muy representativo, para bien y para mal, de los modos y maneras del artista, si acaso trata temas más cotidianos, sociológicos y domésticos, que me son más accesibles e interesantes.
 2. En su publicación (1983), pasó más desapercibido que otros y no tuvo muy buenas críticas; como esto me parece injusto, me remito a sus temas más logrados: La stagione dell'amore, Un'altra vita, o Gente in progresso (esta última, sobrecogedora) y me doy cuenta de que, en esta ocasión, las canciones tienen un punto más de nostalgia, una melancolía insondable, una serena búsqueda de trascendencia. Y, como siempre, hay algún corte flojo hasta lo desconcertante (La música è stanca), uno de ocho, los discos de Battiato son siempre cicateramente breves.
 3. Sólo una de las canciones tiene versión española (La estación de los amores). Encuentro loable el intento de Battiato de cantar en castellano, a veces incluso de forma improvisada, con la letra anotada en un papelito, pero a mí me gusta mucho más el timbre de sus temas en italiano y prefiero no haber oído una versión (apresurada) en español.

Descárgate el disco con un clic aquí:

Franco Battiato - Orizzonti Perduti


O, si solo tienes tiempo para paladear un tema, te recomiendo éste mismo:

UN’ALTRA VITA

Certe notti per dormire mi metto a leggere,
e invece avrei bisogno di attimi di silenzio.
Certe volte anche con te, e sai che ti voglio bene,
mi arrabbio inutilmente senza una vera ragione.
Sulle strade al mattino il troppo traffico mi sfianca;
mi innervosiscono i semafori e gli stop, e la sera ritorno con malesseri speciali.
Non servono tranquillanti o terapie
ci vuole un'altra vita.
Su divani, abbandonati a telecomandi in mano
storie di sottofondo, Dallas e i Ricchi Piangono.
Sulle strade la terza linea del metrò che avanza,
e macchine parcheggiate in tripla fila,
e la sera ritorno con la noia e la stanchezza.
Non servono più eccitanti o ideologie
ci vuole un'altra vita. 




(Para llevarme la contraria y aprovechando que carezco de un conocimiento mínimamente sólido del italiano, me invento una apresurada traducción que, mejor, llamaré aproximación: OTRA VIDA. Algunas noches, para dormir, me pongo a leer / y a veces necesitaré momentos de silencio. / En algunas ocasiones, incluso contigo y sabes que te quiero de veras, / me enfado inútilmente, sin una verdadera razón. / En la carretera por las mañanas, el denso tráfico me sofoca, / me enervan los semáforos y las señales de “stop”, / y por las tardes regreso con un malestar especial. / No sirven los tranquilizantes o las terapias / se necesita llevar otra vida. / Abandonados en el sofá, con el mando a distancia en la mano, / historias de los bajos fondos, Dallas y Los ricos también lloran. / En camino la tercera línea del metro que avanza, / y los vehículos aparcados en triple fila, / y por la tarde vuelvo con el aburrimiento y la fatiga. / No sirven más excitantes o ideologías, / se necesita llevar otra vida.)

Y, por si te has quedado con ganas, un concierto de 1992 en el país de las mil y una noches:



miércoles, 9 de agosto de 2017

Noticias Mías

“¡Tendrás noticias mías! ¡Te enviaré a mis abogados!” Así solía despedirse, años ha, un colega bienhumorado, emulando al Marx bienhumorado, es decir, a Groucho. Acabo de constatar, con alarma, que han pasado casi dos meses desde que publiqué la última entrega en esta página desdichada, donde las visitas hubieran caído en picado de haber habido espacio que tal cosa posibilitara. Bien es verdad, sin que sirva de excusa, que mi vetusto ordenador ha necesitado un lifting urgente y ha estado varios días en la clínica. Y yo en el paro, siendo que no me veo capacitado a estas alturas para encontrar alternativas, sea con un tablet, con un móvil o con cualquier otro emisor de señales de humo tecnológicas. Tampoco es que me haya esforzado.

Porque uno llega a una edad en la que la aspiración inconfesada es minimizar las relaciones con los coetáneos que, a sí mismos, se dotan del nombre de amigos. La amistad es una carga llevadera en los años académicos: uno forma parte de un grupillo de afines para alborotar, gamberrear, abusar de los más débiles, o formar un rebaño lo bastante tupido y apretado para defenderse de los más fuertes. Más tarde uno se integra en una pequeña jauría para salir a la caza de los del sexo opuesto con ánimo de conquista sexual, o simple ligue de pasatiempo. Conforme se van consiguiendo los propósitos que propiciaron semejante agrupación, la jauría va menguando con las inevitables defecciones de los que han conseguido liarse. Por fin, uno trata de alcanzar una afinidad en petit comité, para compartir gustos, yo qué sé, comentar libros, música, películas, gastronomía, moda o deportes. Estas relaciones suelen ser más duraderas en el tiempo, pero al final se agotan por el inevitable desgaste de la complicidad, cuando no acaban en una insalvable controversia (“¿Cómo va a ser el cine de los Coen mejor que el de Scorsese?” “Pero ¿aún sigues anclado en Pink Floyd? A mí siempre me parecieron la síntesis perfecta de lo aburrido, lo pretencioso y lo infumable.”)



Conforme van pasando los años, si has alcanzado el privilegio de soportarte a ti mismo, lo más cómodo y saludable acaba siendo minimizar o constreñir las relaciones llamadas de amistad. Y es lo que hacemos todos, al menos en este planeta solitario y polvoriento, en el que las bolsas de plástico asfixian el mar y la resignación asfixia la tierra firme. Yo prefiero soportar a Sibelius, a Borges o incluso a Dostoievski, que a mis amigos de carne y hueso. Tal cosa, durante mi juventud, me resultaba difícil de prever, incluso difícil de imaginar, pero sobreviene y en éstas estamos. Por eso ideé, a modo de preservativo, este malhadado blog. La idea era muy simple, contarles a mis amigos lo que se me pasara por la cabeza, para evitar el temido “¿Qué te cuentas?” que me solían espetar cuando hacía días que no nos veíamos y que me dejaba, indefectiblemente, en blanco.



Y es que, claro, si no acostumbras a practicar la pesca submarina, a subir al Kilimanjaro o a representar a alguna infanta en los tribunales o a algún grupo social desfavorecido en los escraches, tienes que echar mano de tu aventura anímica que es mucho menos interesante y a la que nadie tiene la menor intención de atender. O de tus cada vez más frecuentes y aburridas relaciones con las autodenominadas autoridades sanitarias que, a estas alturas de la existencia, viven de decretar nuestra ruina y sacarle todo el partido posible.



“¿Qué es de tu vida?” Me dispara el amigo en los cada vez más ralos y raros reencuentros, “¿cómo lo llevas?” Y esto me pone en la pista de que no ha leído una sola palabra de las que esa especie de ego náufrago y cargante ha echado en el mar durante las últimas semanas. Pero, por dios, ¿yo qué coño esperaba? ¿Qué me preguntara por el catálogo de puertas rústicas de la provincia? ¿Qué se asombrara de mi preferencia por un poeta tan viejuno como Dámaso Alonso, habiendo poetas que conectan con las inquietudes de los jóvenes y los problemas de nuestro tiempo, como García Montero? Vaya pretensión la mía. Pues no, como dicta la lógica, un simple y mondo “¿qué has hecho últimamente?”


”Nada”, respondo aliviado. Y él me cuenta su más reciente cénit turístico, o los últimos vaivenes de su tensión arterial y sus niveles de azúcar, sus molestias articulares y otras fascinantes aventuras dignas de mi embeleso. Conforme oigo este runrún, acierto a explicarme la carencia de lectores y admito que habría que establecer una edad, no mucho más allá de aquella a la que he accedido superando incluso un cólico miserere, en la que todos los varones fuéramos puestos bajo la tutela de un personal trainer que nos sugiriera, con inflexible delicadeza, la conveniencia de ahorcarnos.



Por nuestro propio bien.